Mujeres brujas, hombre magos
El arte de la magia es tan antiguo como el ser humano. Conocemos fórmulas y
rituales mágicos desde el antiguo Egipto, Grecia o China. Hechiceros,
sacerdotisas, chamanes… eran algunos de los nombres por los que se conocían a
los hombres y mujeres que realizaban estos rituales y encantamientos,
utilizando habilidades consideradas extraordinarias y, a menudo, atribuidas a
poderes sobrenaturales o conexiones con los dioses. Pero cambian los tiempos y
los términos. Se empieza a hablar de brujas que vuelan sobre escobas y magos
sabios y poderosos. ¿Os habéis parado a pensar alguna vez por qué las mujeres
eran brujas y los hombres magos? Ambos géneros practicaban la magia, pero ellas
eran malas y ellos sabios. Para descifrar el enigma, hay que remontarse a la
Edad Media. En ese momento, la Iglesia Católica y la sociedad en general tenían
una visión muy negativa de la magia y la brujería, considerándolas como
prácticas demoníacas y peligrosas.
La Iglesia Católica entendía la magia como una forma de herejía. Así que
siguiendo la lógica del momento, aquellos que la practicaban eran herejes.
Pero, curiosamente, más en el caso de los hombres que de las mujeres. Porque ellas
eran consideradas brujas, y se creía que estaban poseídas por el diablo. Pero qué
diferencia existía si hacían lo mismo –bueno, exactamente lo mismo no, porque
como en todos los sectores cada uno o una se centra más en una tarea o en otra-.
Una de las teorías más extendidas es que esto se debía en parte a la visión
patriarcal de la sociedad, que consideraba a las mujeres como seres más débiles
y más susceptibles a la influencia del diablo.
El resultado fue que, durante la caza de brujas en Europa –que se extendió
desde el siglo XV hasta el siglo XVIII–, se persiguió y ejecutó a miles de
mujeres acusadas de brujería. Muchas de estas mujeres eran curanderas, parteras
y mujeres sabias que utilizaban sus conocimientos de hierbas y rituales para
ayudar a su comunidad. Sin embargo, la Iglesia y la sociedad las consideraban
brujas y las acusaban de pactar con el diablo. Prevalecía un modelo social masculino, y el saber de las
brujas fue considerado amenazante, por lo que fue perseguido y destruido junto
con ellas en las hogueras.
Por otro lado, los hombres que practicaban la magia eran vistos como magos.
Y se convirtieron en figuras respetadas y admiradas, a las que se asociaba con
la sabiduría, la inteligencia y la habilidad.
En el libro El retorno de las brujas, la filósofa Norma Blázquez Graf –de la
Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)–, especialista en ciencia y género,
explica que, aunque la población
femenina no podía acceder a una preparación educativa hasta finales del
siglo XIX, eran igualmente portadoras de
conocimientos.
La literatura y el arte también jugaron un papel importante en esta visión
de brujas y magos. Obras como «El Mago de Oz» y «La
Tempestad», de Shakespeare contribuyeron a la creación de la imagen del
mago como un ser poderoso y sabio; y la bruja como la figura temida y
despreciada, asociada con la maldad y la brujería. Pero ni eran feas ni eran
malas, como se las ha dado a conocer por la literatura universal, sino mujeres
portadoras de un conocimiento específico. Esto es tan solo un pequeño apunte que
bien merece un post aparte.




