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Magos y curiosidades

caricatura Partagás
Partagás Habiendo entrado el prestidigitador en la peluquería, el dueño, dependientes y concurrencia, se asombran al ver que después de haber afeitado al artista, éste volvía a tener crecida la barba».
Quien describió tamaño dislate fue Joaquim Partagás i Jaquet, el ilusionista español más importante de su época, del que se decía que la cesta de la compra le acompañaba andando sola desde el mercado a su casa.
Partagás nació en Barcelona en 1848, a pocos metros de donde todavía hoy puede visitarse «El Rey de la Magia», la tienda de accesorios de ilusionista que él mismo fundó hace más de un siglo.
A los catorce años, entró a trabajar en una droguería para aprender el oficio, y tanto lo aprendió que, cuatro años más tarde ya publicó el «Libro para el conocimiento de las drogas», en el que se incluía el apéndice titulado «Libro de los dulces», lleno de recetas de repostería fina.
Es posible que gracias a los pastelillos de chocolate y coco se aficionara Partagás al ilusionismo, ya que los más golosos levitaban de placer al probarlos, pero lo más probable es que lo hiciera cuando emigró a los veinte años a Argentina. Allí estuvo como dependiente en una librería, donde se le pierde el rastro hasta nueve años después, cuando los periodistas del país le encontraron subido a un escenario.
Sus crónicas estaban llenas de sinónimos de «increíble» escritos con ¡¡¡ muchos signos de admiración!!! Con el apodo de «el taumaturgo catalán» recorrió la geografía argentina, Montevideo y Río de Janeiro y al año siguiente se embarcó de regreso a Barcelona, dispuesto a vivir de fabricar ilusiones, «suspiros de la fantasía» que dijo Ramón Gómez de la Serna.
El 28 de enero de 1869 presentó en el teatro Romea su espectáculo, que convirtió a los críticos más cascarrabias en bondadosos angelotes.
Algunos años más tarde abrió la tienda de magia, que se convirtió en el destino de ilusionistas peregrinos y donde, a «precios relativamente módicos», podía encontrarse desde un tratado de mnemotecnia hasta un fantástico sombrero floricultor.
Estuvo Partagás actuando por España y por Francia durante mucho tiempo, hasta que un buen día decidió sentar su relumbrante cabeza y fundó el pequeño «Salón Mágico», donde presentó un espectáculo mágico hipnótico - músico - espectral que contenía más trucos que una película de George Lucas. Empezaba la función con adivinaciones de naipes y la aparición de los mismos desde los cuernos de una estatua de Belcebú, tras lo que el artista anunciaba la presentación de la metempsycosis, en la que un espectador encerrado en un armario se transformaba en un esqueleto bailarín.
Proseguía Partagás ofreciendo un concierto de copílogo o Verrophon, un instrumento de su invención que consistía en un velador lleno de copas de cristal de diferentes tamaños, de las que salía un sonido bucólico y pastoril cuando pasaba por sus bordes la yema del dedo corazón.
Seguidamente tenían lugar escenas de escapismo, hipnotismo y paseos de espantos en forma de espectros, con cráneos animados y todo. La tensión producida por los ectoplasmas se relajaba de inmediato cuando el prestidigitador comenzaba a dejar caer de sus manos vacías una multitud de monedas lo que, según los cronistas de entonces, era jaleado con el cántico «que llueva, que llueva, la virgen de la cueva» por parte de la asistencia, respetables notarios y severos coroneles de infantería incluidos, que proseguían el jolgorio cuando Partagás convertía el agua en vino.
La magia infernal presentada con técnicas de teatro negro y las proyecciones de linterna mágica ponían fin al espectáculo.
Nunca fue tan bien empleada una peseta como la que gastaron en la taquilla cada uno de los cuarenta espectadores que, en sesiones de tarde y noche, abarrotaron el teatro durante los seis años que se mantuvo abierto.
Dejó un libro con sus andanzas, titulado «El prestidigitador Optimus o magia espectral», ilustrado con abundancia de tibias, peronés y costillas que él mismo había dibujado en los esqueletos con los que explicaba sus magias.
El día de los inocentes de 1931, como si se tratara de una broma tan macabra como sus espectros, se nos murió Partagás.