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Magos y curiosidades

caricatura Buatier de Kolta
Buatier de Kolta La cosecha de inventores de 1874 no pudo ser mejor. Ese año llegaron al mundo tres de los más sabios e imaginativos de la historia. En Ohio nació Thomas Alba Edison, el padre del fonógrafo, la lámpara incandescente y otros miles de ingenios. El mismo año vio la luz en Edimburgo Alexander Grahan Bell, que tendría la ocurrencia del teléfono. El tercero de esos grandes inventores que asomó su privilegiada cabecita al mundo en 1874 no aparece en las enciclopedias de la cosa científica, y además sus hallazgos no son utilizados de forma cotidiana por millones de personas. De hecho, muchos de sus descubrimientos sólo los aprovechó él mismo. Se trata de Buatier de Kolta, un extraño ilusionista que ideó algunos de los aparatos más misteriosos recogidos por las crónicas de lo inexplicable, que muy bien podrían ser usados por los dentistas para dejar boquiabiertos a pacientes reticentes.
El 18 de noviembre del año en cuestión, en el suburbio Lyonés de Calvire et-Cuire aparecía Joseph Buatier, niño al que su familia educó con la intención de dedicarlo al sacerdocio, pero que, tras presenciar la actuación de un prestidigitador, a los trece años, decidió que en vez de propagar los milagros de los santos, los realizaría él mismo. Comenzó Joseph trotando mundos de feria en feria en compañía de los cómicos de la legua mientras su aventajado cerebro cocinaba los inventos que le harían triunfar. El momento crucial de estos episodios de mago andante ocurrió en una cafetería de la ciudad, actuando ante un grupillo de estudiantes.
Entre el público se hallaba un singular personaje, noble, húngaro y algo lunático, que siempre vestía con tres chaquetas, tres pantalones, tres gabanes y tres pares de calcetines, para que le amortiguaran una posible caída o golpe.
Resulta que este sujeto se encandiló con los trucos de Joseph Buatier y le ofreció su ayuda económica. Gracias a su abrigadísimo mecenas pudo el mago desarrollar los inventos que tenía imaginados y cambiar la magia ambulante por los teatros de Francia, Italia y hasta el Egyptian de Londres, el Maracaná del ilusionismo.
En honor de su protector, Joseph Buatier adoptó su apellido y se empezó a anunciar como Buatier de Kolta.
Supongo que los lectores, si los hubiera, se estarán preguntando qué clases de inventos eran estos tan elogiados de Monsieur de Kolta. Pues aquí vienen:
En el llamado «Vuelo del cautivo» una señorita ataviada de canario aparecía en escena dentro de una gran jaula, que Buatier tapaba con una tela. Al quitarla no quedaba ni rastro de jaula, ni de señorita, ni de nada.
Otra de sus investigaciones dio como fruto el efecto en el que otra señorita se sentaba en una silla y era igualmente tapada con una tela. A una orden del mago la partenaire y la tela desaparecían quedando sólo la silla. Este truco se volvió a hacer tras la muerte de Buatier de Kolta, pero en una versión en la que solamente se desvanecía la señorita, porque lo realmente peliagudo es, al parecer, deshacerse de la tela.
Pero el invento por excelencia, el que ocupa un lugar de privilegio entre los grandes enigmas de la historia ilusionista es el del «Dado de Buatier de Kolta». Comenzaba el juego cuando entraba de Kolta en el escenario portando en sus grandes manos una cartera, que parecía pesar bastante, ya que, según decía el artista, transportaba en su interior a su esposa.
Sin embargo, lo único que sacaba de ahí era un dado de veinte centímetros que situaba sobre una pequeña plataforma. De pronto, inconcebiblemente, el dado crecía y crecía, hasta alcanzar los ochenta centímetros y entonces, entre un ¡oh! del auditorio, se abría y aparecía dentro la Sra. de Kolta.
Este truco del dado es uno de los secretos legendarios de la magia. Nadie tras la muerte de su creador ha logrado repetir el efecto tal como fue ideado, y además, no está muy claro dónde fue a parar el dichoso dado. Se siguen fabricando bombillas tras la muerte de Edison, y teléfonos tras la de Graham Bell, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo diablos puede salir una señora de un dado de veinte centímetros.
El intríngulis se lo llevó a la fosa en 1903 Buatier de Kolta, también conocido como «El Julio Verne de la magia».