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Magos y curiosidades

caricatura El Gran Carmo (The Great Carmo)
El Gran Carmo (The Great Carmo) Si es verdad que, como dijo Gómez de la Serna, «el que más tardes de circo tenga en su haber será el que antes entre en el Reino de los cielos», el Gran Carmo llevará ya mucho tiempo allí arriba. Aunque, bien pensado, seguramente él preferiría quedarse en el paraíso donde se hospedan las almas de los animales feroces.
El Gran Carmo llegó al mundo en Melbourne, Australia, en 1881, en el seno de una familia escocesa, los Cameron, que le impusieron el nombre de Harry. Siendo niño, sus padres le llevaron a una representación de circo y desde entonces, en su cabecita no cupieron otros pensamientos que los que saltaban en el trapecio.
Comenzó el pequeño Harry practicando con los malabares, lanzando hacia el aire los objetos que tenía más a mano. Después de destrozar unas cuantas vajillas de la señora Cameron, además de lanzar los objetos, aprendió también a recogerlos antes de que llegaran al suelo.
Cuando llegó a ser un consumado malabarista, ya haciéndose llamar Carmo, fue contratado junto con Nellie, su esposa y ayudante, por el gran ilusionista Heller, con el que embarcó a bordo del «Suevic» con destino a Inglaterra. Cuarenta y tres días después de haber salido del puerto de Sidney, se desencadenó una brutal tormenta que volvió loco al mar. El barco, como una pelota de pimpón, fue golpeado por olas como castillos, hasta que finalmente fue a incrustarse contra unas rocas y se partió por la mitad.
En el naufragio, Harry y Nellie pudieron salvar sus vidas y sus accesorios teatrales, justo las dos cosas que necesitaban para poder actuar, de manera que siguieron rumbo a Inglaterra en otro barco.
Seis años después de aquella peripecia, cuando el Gran Carmo ya compaginaba sus malabares con números de magia, volvió a viajar en el reparado «Suevic», ahora de vuelta a Australia. Imaginamos la congoja y el sin vivir con que vivió el trayecto, pero no tenía más remedio que emprenderlo. Iba a actuar junto con Alma, su segunda esposa, como atracción estelar, en el espectáculo que su gran amigo Servais Le Roy iba a ofrecer junto a Talma y Bosco.
Carmo le estaba muy agradecido a Le Roy por haberle ayudado a convertirse en mago. Le había confiado el secreto de la jaula del demonio, un espeluznante efecto de escapismo, y le había cedido alguno de sus más ingeniosos colaboradores para que diseñaran a su medida un espectáculo tan extraordinario que, a partir de él, Carmo empezó a ser conocido como «el maestro de la fantasía».
Cuando regresó a Inglaterra se llevó consigo una jaula para transformar un león en una persona. No tuvo problemas para encontrar una persona, pero conseguir un león fue más complicado. Aquel animal fue el primero de la colección de Carmo, que llegó a tener leopardos, serpientes, caballos, un oso del Himalaya que caminaba sobre un cilindro, un elefante llamado Baby June, que montaba en bicicleta, un camello que desaparecía, un tigre que aparecía, un sin fin de canarios para que surgieran de sus manos vacías y todo tipo de fauna de tamaño reducido.
Carmo poseía una auténtica arca de Noé, un excepcional talento como malabarista, sabía hacer acrobacias y equilibrios y poseía un amplio repertorio de juegos de magia, como el barril inextingible, que llenaba de vino un infinito número de vasos y palanganas, como el papel que al abanicarse se convertía en un verdadero huevo, o la levitación conocida como «La momia», en la que una vendada dama despegaba de un sarcófago y planeaba por el espacio acompañada de un murciélago.
Con este panorama de atracciones, y con la necesidad de hacer algo lo suficientemente grandioso como para permitirle superar la muerte de Alba, sucedida en 1927, Carmo decidió crear su propio circo.
Tras un primer ensayo como empresario circense en Belfast, en marzo de 1929 los habitantes de Catford pudieron asistir al histórico debut del «Circo del Gran Carmo», el mayor de los mayores espectáculos del mundo, un palacio de lona levantado sobre el límite de la realidad, el no va más, el acabose…
Carmo había invertido todas sus ganancias en aquella carpa faraónica, en la que trabajaban más de cuarenta personas y toda una muchedumbre zoológica. Hasta mediados de octubre el circo funcionó a las mil maravillas, pero la temporada era demasiado corta como para recuperar lo gastado, de manera que Carmo decidió emprender la temeraria aventura de pasar el invierno de gira, con el circo a cuestas.
Era una locura, un triple salto mortal. Desplazar las bestias y los armatostes para edificar la carpa con lluvias y nieves era una empresa a la que no se hubieran atrevido Stanley y Livingstone, pero Carmo no se achicaba ni ante el Apocalipsis, así que partió a entusiasmar ingleses de provincias.
La gira no empezó bien, el público no se atrevía a salir de casa debido al infame tiempo de aquel invierno, y hubo quien quiso regresar a Londres y olvidar el asunto, pero Carmo insistió en llegar a Birmingham.
Allí, el 4 de marzo, una furiosa tormenta de nieve destrozó la carpa, que cayó sobre el público y los animales. Salir vivo de allí parecía más difícil todavía, pero como se trataba del circo, nadie murió.
Entre la compra de una nueva carpa y los múltiples daños sufridos, Carmo hubo de gastarse más libras esterlinas de las que había planeado, pero siguió adelante con su odisea.
Una semana después de la catástrofe, estando el mago fuera, solucionando con los bancos las cuestiones económicas de la reparación, un nuevo desastre golpeó al circo. Una estufa ardió y produjo un infierno que destruyó el circo al completo. Los animales más feroces temblaban ante las llamas, y hubieran muerto de no ser porque el domador Togare, arriesgando su propia vida, pudo salvarlos del incendio.
Los gloriosos días del Gran Carmo habían pasado. Su gran obra estaba reducida a chamusquina, de su carpa apenas quedaba algún jirón de tela cenicienta y su ánimo ya no daba para más. A partir de entonces tuvo que contentarse con pasear un pequeño circo por las ferias. En 1944 murió el hombre que mostró al mundo al elefante Baby June montando en bicicleta.