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Magos y curiosidades

caricatura Los Davenports (The Davenports)
Los Davenports (The Davenports) Las peripecias mágicas de los hermanos Davenport comenzaron cuando a papá Davenport se le ocurrió la idea de que en su granja habitara un fantasma, tras llegar a sus oídos los relatos de las hazañas de las hermanas Fox.
Iva y William Davenport se dedicaban a vender periódicos en Búfalo, hasta que a su padre, un policía retirado, se le antojó que se comunicaran con un fantasma, cosa que hicieron los siguientes dieciocho años por todo su país, Canadá y Europa.
El clan Davenport ideó un sistema para llevar el espiritismo a los teatros y, estafando así a un mayor número de espectadores, poder aumentar las ganancias.
Consistía el asunto en que los hermanos pedían a alguien del público que les ataran de pies y manos con una cuerda y les introdujeran en una cabina con tres puertas y diversos instrumentos musicales en su interior. Las puertas eran cerradas y un rato después comenzaban a sonar guitarras, violines y panderetas, se supone que interpretados por el fantasma que les acompañaba en las giras, ya que al volver a abrirse las puertas de la cabina, Iva y William permanecían amarrados.
No consta en los contratos que los teatros firmaban con los Davenport ninguna cantidad de dinero destinado a los honorarios del fantasma, de lo que se deduce que, o bien trabajaba gratis, o bien, no existía. Como la primera posibilidad parece poco probable al no haberlo permitido el sindicato de fantasmas, quedémonos con la conclusión de que los Davenport eran unos farsantes de tomo y lomo.
Houdini, que describió a los Davenport como «las figuras más dramáticas de la magia del siglo XIX», nos aporta algunas luces: al ser los hermanos atados por la misma cuerda, pese a sentarse en la cabina cada uno en un extremo, cabe pensar que cuando uno era atado extendía las piernas mientras que el otro las encogía, y viceversa.
Al parecer, con esta triquiñuela conseguían que se les amarrara con menos fuerza de lo que parecía, y así podían maniobrar más fácilmente para escaparse y emprenderla con los instrumentos musicales. Si además añadimos vaselina en las muñecas, mejor.
De cualquier forma esto requería su tiempo. Para llenarlo, los Davenport contaban con J.B. Ferguson, un ex predicador no menos pícaro que ellos, que entretenía al público con peroratas acerca de las costumbres de la ultratumba, y que explicaba que el espectro en cuestión se tenía que ocultar en la cabina para no causar un espanto general a la audiencia.
Con el tiempo, los Davenport fueron introduciendo novedades en su espectáculo, como la de permitir a un espectador sentarse entre ambos hermanos, a oscuras en la cabina. Al abrirse las puertas, el aterrorizado sujeto aparecía con una pandereta en la cabeza, una guitarra en el regazo y una trompeta a sus pies.
Su éxito fue tal que llegaron a ser recibidos por el emperador de Francia, pero también los había que sospechaban del embuste.
Así las cosas, el público se dividía en dos grupos, vitoreadores y pateadores, entre los que se encontraban muchos magos contrarios a usar el ilusionismo como engañifa.
Uno de ellos, Maskelyne, asistía a una función de los Davenport cuando accidentalmente descubrió el truco, como veremos en el capítulo siguiente.
A partir de entonces los pillos de Búfalo desaparecieron de los teatros. Ya nadie creía en su fantasma musical.