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Magos y curiosidades

caricatura Leipzig
Leipzig Malini y Leipzig tenían en común el año de nacimiento, 1873, y un desmedido amor por los objetos pequeños para encantarlos entre sus manos. Aparte de eso, los dos grandes manipuladores del cambio de siglo no pudieron ser más diferentes entre sí. Así como Malini destacaba por su fuerte temperamento, por su campechanía y por tratar a sus espectadores como si hubieran hecho la mili juntos, Leipzig tenía el porte de un mayordomo de Buckingham, tan elegante, amable, culto y educado que durante mucho tiempo fue el único artista de variedades admitido en el «Lamb´s Club», lugar de reunión de la gente del teatro.
Nathan Leipziger había nacido en Estocolmo, pero a los ocho años tuvo que marcharse con sus padres y sus siete hermanos a los Estados Unidos, por ver si allí les mejoraba la economía.
Cuatro después entró a trabajar como botones en una óptica, donde fue prosperando hasta encargarse del taller.
Allí seguramente aprendió a mirar la realidad a través de tantos cristales distintos que acabó por descubrir en los objetos múltiples naturalezas ocultas.
De tratar con lentes de aumento para ver de cerca le vino, digo yo, su amor a las cosas pequeñas, de tanto limpiar monóculos, su pinta de aristócrata y de montar catalejos, su pasión por la aventura de la magia.
A los treinta años le descubrió Goldin, que quedó fascinado con lo que hacía Leipziger con los objetos que le cabían en el bolsillo, como si la palma de su mano fuera el mapa de Liliput, donde todo es miniatura, y le animó a abandonar la óptica y a corregir vistas cansadas de ver siempre lo mismo.
Le hizo caso, se acortó el apellido y se preparó para el debut. El gran día no resultó muy exitoso; tuvo que acudir precipitadamente a un teatro de variedades a sustituir a un artista y, sea por que el público no estaba acostumbrado a los artistas tan educados, sea por cualquier otra circunstancia, la función de Leipzig acabó entre pataleos y chiflidos. El hombre, desanimado, se imaginó a sí mismo acristalando monturas en la óptica para el resto de sus días y a punto estuvo de abandonar su nueva profesión, pero finalmente reconoció que en su mano, los dedales, los cigarrillos, las monedas y las cartas se sentían como Pedro por su casa, así que se dio alguna otra oportunidad.
Después de pasar por varios agentes teatrales chapuceros, de esos que salen en las películas, sin haber avanzado nada, ya a punto de empeñar el frac de las actuaciones, un amigo le propuso ofrecer una función en su club. Aquel día, los miembros del club formaron también parte del club de los anonadados, por lo que le habían visto hacer a Leipzig con objetos tan menudos.
A partir de entonces nunca le faltó el trabajo ni los aplausos en los salones de los clubes o en festejos varios, actuando siempre ante un reducido número de espectadores.
Sus agentes, visto lo visto, le animaron a presentar sus juegos de mano en un teatro, y pese a que el mago se mostraba reacio, suponiendo que no se verían sus pequeños enseres de trabajo más allá de la novena fila, acabó por aceptar la propuesta.
Para paliar la falta de visibilidad, un foco de luz se fijaba en sus manos y dos voluntarios subían al escenario junto a él y a Leila, su esposa, que le asistía en escena, haciendo de testigos asombrados de lo que ocurría. Entre las expresiones de estos dos y lo que se intuía, los asistentes de las últimas filas salían del teatro tan encandilados como el que más.
Lo que presenciaba el público, y si no se lo creen, tengo pruebas que lo demuestran, era una coreografía de dedales sobre las manos del mago, que llegaban a sus dedos no se sabe cómo y que, si no desaparecían, al menos se volvían invisibles. Después llegaban las monedas, que colocadas sobre el dorso de la mano del espectador, viajaban a través de huesos y cartílagos y salían por su palma. Algunos milagrillos con cigarros y papelillos de los de liar caldo de gallina demostraban que, si la mano no es más rápida que la vista, en ocasiones sí es más lista.
Finalmente, Leipzig se echaba mano al bolsillo, tomaba la baraja y el tiempo se detenía en el tapete. Empezaba la sesión de cartomagia haciendo viajar desde su mano a la mano del voluntario la carta que éste había elegido.
Para realizar otro de sus inauditos juegos, el llamado «Extraño comportamiento de los Ases», situaba un As rojo encima del mazo, el otro As rojo abajo y los Ases negros por el centro. Daba un golpecito mágico y el orden se invertía: donde estaban los Ases rojos, estaban ahora los negros y viceversa. Otro golpecito y todos los Ases se reunían en el medio de la baraja. Otro y los Ases ya no estaban en ningún sitio. Para recuperarlos, le bastaba con coger tres cartas indiferentes y dar un pase para que se convirtieran en ellos. Para hallar el último As, le pedía al voluntario que dijera un número al azar, supongamos que el doce. Entonces contaba doce cartas: Allí, precisamente allí se encontraba el naipe perdido. Ni a la Reina de Corazones del País de las Maravillas le obedecían tan diligentes las cartas.
Nate Leipzig viajó con una maleta para su frac y una bolsita para sus magias por Sudáfrica, Australia y Gran Bretaña, donde fue condecorado por sus colegas, que le admiraron hasta que murió de cáncer, en 1939.
Era tan educado, que casi sentía remordimientos de ser un prestidigitador tan enorme. «He estado haciendo magia durante casi cincuenta años y he podido comprobar que los públicos parecen dolerse de que un caballero trate de engañarles, haciéndoles pasar por tontos».