PRÓLOGO
La prestidigitación al alcance de todos
Wenceslao Ciuró

¿Qué es el ilusionismo?

Es el arte de saber divertir y provocar la admiración de los demás, produciendo efectos en apariencia maravillosos e inexplicables mientras se desconoce la causa que los produce.

Algunos lo han definido diciendo que es el Arte de engañar; pero esta definición, aparte de que puede ofender nuestra delicadeza, no es exacta, ya que el prestidigitador no engaña formalmente, pues explícita o implícitamente previene de su engaño. El prestidigitador no engaña, ilusiona.

El Ilusionismo es tan antiguo como la humanidad, pues siempre ha habido hombres que han querido producir la admiración de sus semejantes; pero sus fines han sido muy diversos, y no siempre recomendables.

En el curso de los tiempos ha tenido el Ilusionismo diferentes nombres, casi todos cabalísticos y faltos de sentido real, tales como Magia, Brujería, Encantamiento, etc.

El Ilusionismo, como arte honesto, divertido y muy recomendable, no es muy antiguo. Uno de los hombres que más han contribuido a sacarle de las sombrías esferas de lo irreal y supersticioso, ha sido, sin duda, Robert Houdin, artista francés de mediados del siglo diecinueve, quien llevó su fino arte a los salones de la buena sociedad, desterró los trajes estrafalarios y los sombreros de cucurucho con estrellas y presentó este arte en traje normal, aunque con finura y elegancia.

Por esto, a pesar de que después le han seguido una pléyade de artistas de todos los países, famosos y no menos hábiles, Robert Houdin es considerado todavía como “el Maestro”.

Como reminiscencia del pasado, conserva aún nuestro arte el nombre de Magia, que a veces se suaviza con el epíteto de Blanca. Se puede sin escrúpulo tolerar este nombre, puesto que nuestro público ilustrado sabe ya a qué atenerse cuando oye decir a un prestidigitador “la varita mágica”, “efectos mágicos”, etc.; sabe que allí no se trata de otra magia ni brujería que la gran habilidad del artista y trucos que ignora, y que a veces ni desea saber para tener la ilusión de ser ilusionado.

Este arte, que algunos han llamado “la reina de las Artes”, se designa actualmente con tres nombres: Prestidigitación, Ilusionismo y Magia Blanca.

A mi juicio, el que mejor abarca todo el contenido, y por lo mismo el más apropiado, es el de Ilusionismo. Prestidigitación, etimológicamente significa ligereza de dedos o de manos. Esta ligereza, en efecto, es una cualidad capital para este arte; pero pueden producirse efectos sorprendentes sin necesidad de ella. En cambio, todo efecto maravilloso que se produce en este arte, sea cualquiera la causa, es una ilusión para el espectador, en cuanto éste tiene la impresión de algo o difícil o extraordinario, cuando en realidad no es ni difícil ni mucho menos extraordinario. En este libro emplearemos ambos términos indistintamente.

¿Se necesitan dotes especiales para aprender este arte? No para ser sencillamente prestidigitador. Sí para ser un buen artista.

Todo el mundo puede estudiar la música y ser músico; pero solamente será buen músico el que esté dotado por la naturaleza de cualidades para este arte. En prestidigitación pasa lo mismo.

Error frecuente es creer que basta conocer los trucos para saber ejecutar los juegos de Ilusionismo. Hagamos una comparación. Un pintor termina un cuadro, cuya belleza me admira; nace en mí el deseo de imitarle, y le pregunto: “¿Y cómo ha hecho usted esta obra de arte?” Él podría responderme: “Pues muy sencillo: he aquí mis medios: unos cuantos pinceles, muchos colores, una paleta, una tela; he ido combinándolo todo hasta resultar el cuadro que usted admira.” Yo no soy pintor: si pretendo imitarle, con los mismos elementos con que él ha hecho una obra de arte, yo haría, sin duda, un adefesio.

Algo parecido sucede en prestidigitación. Un individuo acaba de presenciar una experiencia realizada por un hábil artista; admirado, se sentiría feliz si él supiera hacer aquella maravilla, y pregunta: “¿Cómo ha hecho esto?” Supongamos que se le responde sinceramente: He aquí los medios: un trozo de hilo y una bolita de cera que usted desconocía, unas cartas, la varita, y todo combinado con el ingenio, la manera de hacer, la palabra, la sonrisa, los gestos, resultó lo que le ha maravillado.

El individuo conoce ya el truco; pero si pretende reproducir lo que ha visto, hará algo que generará, sin duda, muchos efectos, menos el de producir admiración y divertir. La prestidigitación, como la pintura, ha de estudiarse.

Toma pues “La Prestidigitación al alcance de todos”, y estúdiala.