PRÓLOGO
La Magia de Slydini
Lewis Ganson

Prólogo por Juan Tamariz

HISTORIA DEL LIBRO DE MIS SUEÑOS

Corría el año 1960 (ó 61). Me hablaron de este libro, de su magia magistral y única. Con Juan Escolano, Miguel Ballester, Ricardo Rojo y Sainz de los Terreros, formamos hucha común para poder comprarlo. Había que pedirlo en una librería importadora (sólo había dos o tres en Madrid). Tardaría en llegar, nos dijeron, dos o tres meses. Cumplido el plazo, nos acercábamos cada dos o tres días –la impaciencia desbocada– a preguntar por el ansiado libro. Pero como casi todo lo bueno, nos hizo esperar. Finalmente ocurrió el milagro. Juan Escolano y yo lo llevamos a su casa (en Madrid entonces). Lo miramos fascinados (sus fotos increíbles, sus juegos alucinantes…). Llamamos: vienen los otros tres del grupo de “propietarios”. Decidimos el reparto: cada uno se lo llevaría unos días a su casa para estudiarlo por turno. Cuando me llegó la “vez” anhelada, no salí de casa: leí, estudié, devoré el libro… cada página, cada foto, cada gesto, cada porqué de aquella maravilla, de aquel tesoro: crecí y gocé… gocé hasta el infinito de la construcción de las rutinas, de la potencia de los efectos, de la grandiosidad de la gramática mágica utilizada. Comparable en importancia a la “perspectiva” en la pintura. Asimilé y asimilé. Ensayé todos los juegos del libro. Todos. Seguí creciendo con ello y aplicándolo a toda mi magia, sentado o de pie, de cerca o de escena. Sus métodos, sus análisis, sus teorías son válidas no sólo, ni mucho menos, a sus juegos sino a cualquier faceta de la magia: manipulación, salón o mentalismo.

En los años 80 solía decirse: Slydini va veinte años por delante de todos nosotros. Un cuarto de siglo después…¡la frase sigue siendo válida! Dogmática y tajantemente opino que ningún mago (especialmente si actúa de cerca o salón) debería dormir tranquilo si no ha leído, estudiado y asimilado las enseñanzas del Maestro (aunque luego, como yo, no utilice su repertorio tal cual).
Recuerdos de Slydini

Conocí y frecuenté al Maestro desde el año 64 hasta su fallecimiento. Estuve con él en Londres, en Madrid (donde pasó temporadas cortas y algunas más largas, de un mes, en mi casa), también en Barcelona (FISM 64), en París (grabación de vídeos con Fechner), en su apartamento de Nueva York, donde alguna vez me preparó unos macarrones regados con vino tinto de California.

Era un hombre tímido y enormemente sensible. Amaba las flores, los niños, el arte. Magnífico mimo, de una mirada inteligentísima, que te hacía (obligaba a) mirarle, entenderle, comprenderle. A veces, escrutador, no suave en su mirar, pero sí comunicativo.

De gestos “a la italiana” (nacido en Italia, aunque formado en Argentina durante su niñez y juventud). Cuando estabas con él, yo distinguiría cuatro diferentes situaciones:

Primera. A solas con él: era callado pero sabía escuchar, te criticaba tu magia (y te la mejoraba de forma instantánea. Su velocidad de pensamiento, su talento e inteligencia estaban, para mí, en el más alto grado de todos los que en mi experiencia vital he encontrado), te hablaba poco o nada de su persona (celosísimo de su intimidad) pero le gustaba hablar de sus actuaciones y de las de otros magos. Crítico, pero razonando el porqué de su crítica. Quería a Frakson, admiraba a Vernon, pero cuando hablaba de un mago, y yo le preguntaba: ¿Qué opina Maestro?, su respuesta iba desde una crítica a veces dura (del arte del mago, no de su persona), a la aprobación de alguna parte de la magia del mago comentado. En estos casos había un: Muy bueno en esto, pero… y aquí venían los “peros” inevitables, agudos, fundamentados… Un día, cansado yo de tantos “peros” le espeté: Maestro: ¿no hay ningún mago sin “peros”? Y contestó: ¡Fu-Manchú! Así de conciso y tajante. Seguramente vio muchísimas veces a Fu en Buenos Aires y se quedó tan asombrado y fascinado como Dai Vernon, Ascanio y tantos otros (y yo mismo, desde luego).
 
Segunda. Slydini a solas contigo pero haciéndote magia. Era un profesor que primero te demostraba su arte, y luego, enseguida, te hacía practicarlo frente a él, te corregía una y otra vez (hasta hacerte sentir algunas veces nervioso y tenso con sus: ¡Mal! ¡No!, ¡Fíjate bien!, ¡Repite!). En tantos años y ocasiones yo nunca quise tomar lecciones de él (que siempre me ofrecía y que a veces, casi me exigía). Yo sentía admiración por su arte, asombro por su talento, incredulidad ante su inteligencia y cariño por su persona. Pero no quise tomar lecciones personales porque no quería convertirme en un Slydinito, seguramente mejor que un simple Juan, pero menos verdadero.

Tercera. Cuando había varias personas (magos o no) y entre ellas, Slydini. Ahí el Maestro no estaba, allí Slydini desaparecía y el tímido Quintino Marucci (su verdadero nombre) apenas se hacía notar. Miraba, analizaba (nunca paraba de pensar y pensar), como mucho un comentario, casi siempre lacónico y breve… Recuerdo uno por ejemplo: en un viaje hacia el norte de España (Jaca) en 1978, le llevaba en mi coche con Mary Pura. Algo dije yo acerca de un árbol (mis conocimientos botánicos y del mundo animal son menos que escasos y suelo gastar la broma de llamar con seriedad y aire de conocedor profundo “encinas” a todos los árboles que desconozco y “avutardas” a todos los pájaros que veo). En aquella ocasión intenté decir algo más sensato y nombré “pino” a un árbol (a mí me lo pareció). Slydini me miró, hizo su clásico gesto traducible por “qué tontería” y sólo dijo: Es un roble. Miró al frente y siguió sumido en sus pensamientos. (¡Lo que yo habría dado porque existiera la telepatía, para poder entrar en ese momento y todos los que compartí con él, en su absolutamente increíble mente!).

Cuarta. Pero… qué asombrosa transformación la de Slydini cuando, en ese grupo, él o alguien sugería la idea de que hiciese Magia. Era una verdadera maravilla ver cómo Quintino Marucci, ese hombre bajito y callado, crecía de repente, sus manos comenzaban a adueñarse del espacio que le circundaba y su mirada de las mentes que lo rodeaban, una energía contenida y en tensión se sentía, se respiraba, como cuando se acerca la tormenta, como cuando el rayo se anuncia… y entonces, podéis creerme, no exagero, Slydini era más grande, parecía que un foco le iluminaba dejando en penumbra al resto, y desde ese momento no había otra cosa que el Arte de la Magia encarnado en sus manos, su mirada, su inteligencia y su sensibilidad. Un arte de tal potencia que muchas veces “golpeaba” tu mente (lo sentías físicamente), te hacía sentir como en un estado hipnótico, te encendía y te incendiaba, no había más, todo era él y su magia, su magia y él. A veces he sentido escalofríos (literalmente) con algunas de sus desapariciones, a veces he vivido momentos de casi temor a que ocurriera otra vez el vuelo de la carta helicóptero, a veces he quedado al borde de dejar de creer en mis sentidos. Y he reído contínuamente (Slydini me dijo: Yo puedo hacer reír diciendo cualquier frase. Y así era. No eran frases cómicas ni mucho menos chistosas. Era su total dominio de la tensión física y la repentina distensión con una frase lo que hacía reír, era lo absurdo de lo vivido con su magia, lo increíble de lo presenciado, lo que nos obligaba a reír y relajar así esa, a veces, insoportable tensión mental). Pero aparte de la belleza gestual (en que basaba, por cierto, parte de su magia, su misdirection), encima de la armonía de gestos, coordinación y movimientos, además del absoluto control de los tiempos fuertes y débiles, de las pausas, de la dramatización, del control con su mirada de nuestras miradas, y de nuestras mentes con su mente, además, aparte y encima de todo ello (y de la fascinación que todo eso nos producía), por encima, aparte y además: EL PASMO. El pasmo más absoluto ante lo absolutamente imposible.

El milagro del Pasmo ante el pasmoso milagro de su Magia. Anonadados, pasmados, incrédulos ante lo increíble, lo NO-ES-POSIBLE. Nadie para mí, antes o después, me ha hecho sentir a tal altura y con tal profundidad la esencia de la Magia. La fascinante, preciosísima sensación de estar viviendo algo que NO-PUEDE-SER. ¡Y que constato que es!

Vuelvo al comienzo: La magia del libro mágico era magia mágica. Slydini era, es, un Mago. El mago.

¡Gracias, gracias, gracias Maestro!
¡Gracias, gracias, gracias Slydini!
Pido prestado a Borges:

“¡La inescrutable providencia
que distribuye lo pródigo y lo parco
nos dio a los unos el sector o el arco,
pero a ti la total circunferencia!”

Juan Tamariz