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René Lavand

foto de René Lavand

René Lavand

Es tan grande el deseo de creer, que a veces hacemos como los niños cuando juegan a piratas… Primero esconden el tesoro ¡y después lo encuentran!… ¡Qué hermoso!» Estas palabras de René Lavand sirven de introducción a uno de sus juegos, en el que dos cartas viajan de un sobre a otro, y sirven para abrir este capítulo, dedicado a un hombre que siendo niño perdió una mano y encontró en la otra un tesoro.
René Lavand vino al mundo en Buenos Aires, en 1928. A los siete años, un amigo de su padre le explicó un sencillo juego de cartas, que todavía hoy muestra en sus actuaciones, con el que volvió locos a sus amigos durante los dos años siguientes. Entonces ocurrió el accidente automovilístico en el que René perdió su mano derecha, su mano hábil.
Este libro está repleto de vivencias infantiles, ahora que va llegando al final me voy dando cuenta; y será, digo yo, porque a los magos no se les escapa nunca el niño, que se lo llevan puesto. René Lavand reconoce ahora que fue el accidente el que le impulsó, cuando era niño, a convertirse en mago.
De esa manera fue aprendiendo a realizar el fantástico número de ilusionismo consistente en superar la pérdida de su mano y hasta a aprovecharla. «Tenía una ventaja: en aquel momento, febrero de 1937, supe que no podría copiar a nadie. Nació en mí un autodidacta».
A los catorce años su familia se mudó a la ciudad de Tandil, donde conoció al mago Leonardi, que le prestó un libro, «Cartomagia», de Bernat y Fábregas, lleno de trucos que el joven aprendiz no había ni siquiera imaginado que pudieran conseguirse con sólo cincuenta y dos rectángulos de cartulina.
La fascinación fue tal que René adaptó todas las técnicas que allí se narraban para poder ejecutarlas con su mano izquierda, que a fuerza de entrenamiento se le volvió tan desenvuelta como la de D´Artagnan con el florete.
Cada destreza aprendida con la baraja suponía un triunfo sobre la limitación, un éxito similar al del manco Castro, cuando consiguió para Uruguay su famoso gol en la final del Mundial de 1930, precisamente ante Argentina.
Durante cierto tiempo estuvo René trabajando en el Banco Nacional Argentino, «en una esquina de mi escritorio guardo un paquete de naipes y en una esquina de mi alma escondo un paquete de sueños», decía por entonces, aunque afirma por otro lado que se dedicó a jugar por dinero hasta los veintidós años.
De su época de casinos y garitos cuenta el ilusionista una anécdota que luego convirtió en uno de los cuentos con los que ilustra sus efectos: «La historia del tijuano».
Se encontraba el joven René Lavand en la frontera de Méjico con los Estados Unidos, ganándole la plata a un grupo de lugareños que tuvo la osadía de jugar contra él. Terminada la partida, uno de ellos, un charro dueño de un pistolón, le lanzó un nuevo reto. Le apostaba su encendedor de oro, su última posesión, a que él era capaz de cortar la baraja por el Tres de Corazones. René aceptó, mezcló las cartas y dejó el mazo sobre el tapete.
En ese momento, el tijuano sacó una navaja, arreó un tajo al paquete y lo dividió en dos. Sonrió de medio lado, seguro de que había cortado la carta prometida y de que recuperaría su dinero, pero se le puso la cara de bóvido cuando nuestro ilusionista echó mano al bolsillo y extrajo de allí el Tres de Corazones, que no estaba junto al resto de los naipes.
Después de ésta y otras tribulaciones con el póker decidió cambiar las tretas por el arte, lo cual fue muy celebrado en Tijuana y sobre todo en Buenos Aires, donde comenzó a enseñar su magia zurda y a narrar los cuentos fantásticos que acompañan los fenómenos de su baraja.
René Lavand ilustra sus juegos con cuentos extraordinarios, por los que desfilan personajes de Renelavandia, el país que le faltó conocer a Gulliver, habitados por personajes como el gitano Antonio, «bajo, robusto, cetrino, ojos de relámpago», trilero burlador de inocentes y del sentido común; Victorio de Pardú, un jugador de ventaja que escondía sus intenciones vendiendo enciclopedias; un tramposo que cargaba los dados con mercurio y que se volvió decente como pago de una apuesta perdida con el mago, al no descubrir el secreto de uno de sus trucos; un viejo tahúr esclavizado por el Mississippi; un marcianito recién llegado a la tierra en busca del amor, que se transformó sin pretenderlo en un asesino, y que resultó abatido por las balas de un sheriff; el árabe alto y delgado que le enseñó que el destino le hizo perder su mano derecha para no poderse comparar con nadie…
El árabe tenía razón, René Lavand sólo se parece a su imagen en el espejo, y no del todo, que a ésta la que le falta no es la mano derecha, como al mago, sino la izquierda.
También es singular en el sosiego. A todos los ilusionistas se les alaba el tener en sus manos más habilidad que Paganini y en sus dedos más rapidez que Billy el niño con el gatillo. Lavand no busca ese halago, busca la sensación de la verdadera magia, y para ello creó la «lentidigitación», lo contrario a la prestidigitación, o rapidez de dedos.
Con el lema de «no se puede hacer más lento», manejando los naipes con la parsimonia de un paseo de novios por la playa, Lavand elimina la sospecha de que todos los milagros que surgen en el tapete se deben a triquiñuelas mañosas, al truco del almendruco, y parece cosa de magia lo que ocurre.
René Lavand ha actuado en teatros y salas de todo el planeta Tierra y ha hecho magia a cámara lenta en los programas más prestigiosos de todos los canales de televisión; pero para acabar este capítulo dejo aquí una de sus sesiones más triunfales, en la que su público se reducía a un niño de doce años. Le pidieron que le hiciera un juego, y cuando el ilusionista se acercó a él, notó en su mirada que era ciego. Un tanto desconcertado, sacó un pequeño pañuelo y le dijo: «Aquí tengo un pañuelo; hago así… y ya no está más». Al niño le cambió la expresión, estaba tan asombrado como radiante. «Había visto mi truco con los ojos del alma y nadie lo vio mejor que él», explica René Lavand mientras se marcha despacio de este libro.

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