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Muchos de los magos que aparecen en esta página son más que conocidos por sus colegas.
Aquí queremos dedicar un pequeño espacio para recordar a aquellos cuyos nombres sólo encontraremos rebuscando con cuidado en la historia. Artistas anónimos, ilusionistas o similares, con afanes de sorpresas, que intentaron compartir con sus espectadores, por muy pocos que fueran, la sensación de que lo extraordinario existe. |
Los representamos a todos en este mago ambulante del viejo Oeste, que atrae con sus juegos al público al que luego le intentará endosar un elixir para aliviarles de cualquier enfermedad. Ésta es una sección de aventuras y le imaginamos huyendo, con el carromato repleto de maravillas, del enfado de los compradores a los que no le curó el dolor de muelas. |
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| LA LUNA, A RETAZOS Y EN LIQUIDACIÓN, por Hernán Casciari |
Acaba de llegarme el título de propiedad de un terrenito que me compré en la Luna. Me costó 20 dólares —gastos de envío aparte— y lo pagué con tarjeta. Además del certificado con mi nombre grandote, me vino por correo una foto satelital de mi parcela. No sé si ustedes estarán viendo la Luna, pero si la tienen a mano dibujen en ella una cara imaginaria. Mi terrenito estaría sobre el ojo derecho. La región se llama Lago de los Sueños (Lacus Somniorum en latín) y está casi saliendo del Mar de la Serenidad, como quien va al Cráter Posidonius.
Mi certificado de propiedad. Mi terrenito en la Luna queda a 36º latitud norte, y 32,6º latitud este. Y la parcela es la nº 1554.
El acre que me compré no es gran cosa, también es verdad: haciendo cuentas descubrí que son apenas cuatro mil metros cuadrados. De todas maneras, el hombre que me vendió el terrenito dice que esta zona se está convirtiendo en una de las más deseadas, y me advirtió que me apurase porque se las estaban sacando de las manos. ¿Cómo no iba a hacerle caso a este señor, si es un visionario de la modernidad?
El dueño de la Luna se llama Dennis Hope, pero no siempre fue tan moderno ni tan visionario. De hecho, en su niñez y juventud él miraba la luna como la vemos nosotros: con cara de pavo y pensando en otra cosa. En los años setenta este buen hombre, algo gordito y con gesto entre pánfilo y boludón, trabajaba de ventrílocuo. Iba pueblo por pueblo, junto a un teatro de variedades que funcionaba en el sur de Estados Unidos. A Dennis las cosas no le iban muy bien porque, al parecer, movía demasiado los labios. Pero insistía.
Según dicen, Dennis seguía en el pobre teatro rodante porque estaba enamorado de la hija del dueño. Una chica que se llamaba Alice y que hacía equilibrio o malabares, según la necesidad. Pero la chica era menor, y entonces él la deseaba en silencio, y esperaba a que cumpliera dieciocho para declararse. En medio de la espera, se casó con una bailarina mexicana, pero el matrimonio funcionó muy mal.
A finales de 1980 la vida de Dennis dio un giro inesperado. Todo, absolutamente todo, salió al revés de lo esperado. Un día se divorció de su mujer para irse con la chica que amaba, al día siguiente la chica se mató en un doble salto mortal sin red, al tercer día el dueño del teatro entró en depresión y cerró el espectáculo, y al cuarto día él se quedó sin trabajo, en el medio de una carretera comarcal de California, con un auto viejo, un muñeco de madera y dos mudas de ropa. Sin nada. Mirando la luna como un estúpido. Como la miramos nosotros cuando llegamos al fondo del pozo y ya no sabemos qué hacer con nuestras vidas.
Entonces, esa noche trágica del 22 de noviembre de 1980, Dennis Hope tuvo una extraña revelación:
—Ahí se pueden construir un montón de casas —se dijo, mirando la palidez del satélite panzón.
Hasta ese momento, absolutamente a ningún ser humano se le había ocurrido patentar la Luna para hacerla urbanizable. Y allí reside la grandeza de Dennis. O su locura, que es lo mismo.
Dos días más tarde, un ventrílocuo mediocre que no tenía nada que perder, porque ya lo había perdido todo, entró sin golpear a una de las Oficinas de Registro de San Francisco y le dijo al tipo que estaba del otro lado del mostrador:
—Buenas… Vengo a reclamar la posesión de la Luna, de los ocho planetas vecinos a la Tierra y de todos sus satélites. ¿Qué formulario hay que rellenar?
Estuvo unas cuantas horas discutiendo con los administrativos, que le aseguraban que tal cosa era imposible. Y en parte tenían razón: existía (y aún existe) un Tratado del Espacio Exterior, firmado en 1967 por la ONU, donde se acordó que ningún país podría reclamar la soberanía de los cuerpos celestes. Dennis Hope, testarudo como ventrílocuo malo, no se rindió y volvió a la tardecita con un abogado de mala muerte, compañero suyo de la primaria. El abogado tuvo su gran momento de lucidez frente a los funcionarios:
—El Tratado dice que ningún país puede, pero no habla ni de empresas ni mucho menos de particulares.
Los de la Oficina de Registros, más cansados que vencidos, y ya con ganas de poner el cartelito de “closed” e irse a sus casas, le dieron a Dennis unas planillas azules, éste registró allí minuciosamente sus propiedades, aquéllos sellaron todo con cara de aburrimiento, le dieron una copia, archivaron los originales y santas pascuas.
Una semana más tarde Dennis Hope metió tres cartas idénticas en el buzón que estaba en la esquina de la casa de su madre: una carta a la ONU, otra al Gobierno de los Estados Unidos, y la tercera a la todavía viva y coleante Unión Soviética. Allí le informaba a la santísima trinidad del espacio sobre sus flamantes derechos y les anunciaba (no les pedía permiso, sólo los ponía en conocimiento) que en el futuro se dedicaría a vender por partes sus territorios.
Nadie le contestó, por supuesto. Y así pasó ese año, y después otro, y después cayó el Muro de Berlín, y más tarde llegó Internet y el siglo veintiuno.
Ventiséis años después de aquella noche de revelaciones, Dennis Hope lleva vendidas más de dos millones y medio de parcelas de la Luna (los planetas todavía se resisten un poco; la gente no quiere terrenos tan lejos de casa). El ex ventrílocuo tiene una página web, LunarEmbassy.com, donde cualquiera puede comprar una propiedad en el espacio, como hice yo mismo la semana pasada. Y también tiene, cómo no, un montón de detractores y de gente que confunde las cosas; a él lo confunden con un estafador, y a nosotros, los compradores, nos confunden con unos imbéciles.
Mis amigos, sin ir más lejos, están convencidos de que este señor me engañó como a un chico al que le roban los caramelos en el recreo. Que me vendió aire, dicen, que me engatusó, y que ahora el tal Dennis se ríe, con mi dinero en el bolsillo.
Nada más lejos. Acabo de comprar una historia de sobremesa, algo para lo que levantarme cuando sea viejo y mostrarle, con orgullo y un poco de autoridad, a mi futuro yerno. Los suegros tienden a levantarse de la mesa y traer cosas raras y únicas, para que los yernos deban ensayar gestos de falso interés. La vida es así, y yo no podré resistirme a esa práctica ritual, cuando sea suegro. Y hasta hoy no tenía nada para cuando llegue ese momento.
Ahora tengo una parcela en la Luna. Un bonito certificado en forma de pergamino. Un mapa satelital con las coordenadas de mi terrenito lunar. Ahora ya podré avergonzar a mi hija cuando se aparezca con un novio melenudo.
Yo creo que habría que tener un poco más de fe respecto a la modernidad y sus nuevas formas de negocio y de ocio. A mí, la verdad sea dicha, Dennis Hope me cae muy bien. Es la clase de tipo que me gusta: fracasado, mentiroso, paciente y de repente asombroso y genial. Me encanta que haya sido ventrílocuo y que ahora sea millonario. Me encanta que la prensa lo confunda con un estafador, y me encanta que la gente, a pesar de no creer una sola palabra de lo que dice, le compre la Luna.
Hay un error en todos los artículos de los diarios que hablan sobre este tema y sobre este hombre. En general, se da por sentado que los compradores son estúpidos, o gente crédula. “Pardillos”, dicen los diarios españoles. Y no es así.
El mundo ha cambiado mucho. Ya nadie adquiere buzones, ni el boleto ganador del gordo de navidad. Los nuevos compradores de fantasía somos concientes de que no hay nada, pero nada, más allá de ese papel falso con ribetes dorados. Compramos una historia. Y las historias ya no vienen solamente en el formato de un libro o de un ticket para la matiné. También vienen dispersas en las charlas y las conversaciones. También vienen colgadas en las paredes de las casas. Las historias son, a veces, lo que nosotros queremos que sean.
A mí no me importa la Luna. Pensándolo bien, la Luna está entre las cosas que menos me importan de la vida. Pero por suerte, veinte dólares también. Y entre poder decir en una sobremesa “tengo un pedacito de la Luna” y decir “tengo veinte dólares” yo sé muy bien lo que hay que hacer. Hay que comprar un libro, hay que comprar un disco, hay que comprar la Luna. Cosas pequeñas e inútiles que tengan la capacidad de convertirnos en chicos. No en chicos a los que les han robado el chocolate en el recreo, sino en chicos con el sabor del dulce en la boca.
Dennis Hope y yo hemos hecho un negocio imaginario. Yo le di veinte dólares, que es un papel que representa un pedacito de un lingote de oro que hay en la bóveda del Tesoro Norteamericano. Él me dio otro papel que representa un retazo al norte de la Luna.
Nadie ha visto nunca esos lingotes.
Yo a mi Luna la miro por la ventana, cuando se me antoja.
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| PEPE VIYUELA NOS HABLA SOBRE MAGIA |
EL MAGO
Debe su existencia a su capacidad para deslumbrar al espíritu, a ser capaz de describirnos sin palabras la incógnita de los orígenes, y a saber romper los hilos de la lógica para crear otros vínculos entre las causas y los efectos.
Es experto en hacer quiebros a lo razonable. Mostrando infinitas posibilidades para lo común y lo esperado. Que deja de serlo cuando él lo desbarata. Lo vulgar entre sus manos y sus pañuelos se convierte en lo que menos podíamos imaginar, dudamos de lo que vemos y quisiéramos entrar en la trastienda de sus ojos para ver a través de ellos.
Son sus palomas el espíritu santo del circo, aparecen de entre sus gasas de colores y esperan la irrupción de un conejo que siempre habitó en la chistera. Ni la paloma es paloma ni el conejo es conejo, sino extraño comodín, un ser indefinible y voluble que entre sus manos es potencia infinita, que toma todas las formas y a ninguna pertenece. Es lo más parecido a un dios con chaqué, que con su abracadabra nos despista y nos arrastra a soñar mundos diferentes, dónde lo posible es aburrido y lo imposible llena nuestros bolsillos.
Es su chaqueta una sobrepiel llena de escondrijos y secretos, de la que brotan los aromas lejanos de lo que no puede ser. De ella zarpan cascadas de polvos mágicos que viajan al país de la metamorfosis y hacen estornudar las cosas y volverlas del revés.
Quieren hacernos creer que todo es juego, pero en el fondo todos sabemos que habitan, cuando nadie los ve, en la dimensión humeante y vaporosa de un millón de hechizos. Se disfrazan de nosotros y aparentan soñar lo mismo, pero nos ven desde dentro y dirigen nuestra mirada y nuestra voluntad. Cuando estamos a su lado, lo que vemos y sentimos es, sin duda, lo que ellos nos dictan en un silencio de siglos condensado en segundos. Son capaces de absorber nuestra presencia y hacer desaparecer nuestra atención, de atraparnos con un movimiento de su mano e imantar nuestra mirada para que vuele hasta la nada. Mientras ellos dan la vuelta al mundo y vuelven luego, como si nada hubieran hecho, cargados de sorpresas.
Sus ramos de flores, de súbita aparición, les nacen en eterno de la palma de la mano. Son flores que han regado con su sangre, una pócima de vida, teñida de bermellón, una sangre que circula por el aire y por la tierra, por la espalda de los unicornios, y que cuando se cortan tiñe los cuchillos de invisible y los transforma en bastón o en cuerda de nudos. Si una gota de su sangre cayera al suelo, al instante brotaría una columna de mariposas y pañuelos de colores, amanecería varias veces seguidas solo en ese punto de la tierra. Si la sangre nos tocara, estaríamos durante varias horas apareciendo y desapareciendo como un luminoso de neón.
Fragmento del libro Bestiario del circo de Pepe Viyuela
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| JOSEPH PUJOL |
Hemos querido inaugurar por todo lo alto esta sección de grandes artistas poco valorados por las antologías con la fascinante, aunque no muy romántica historia de Joseph Pujol, "el pedómano". Este sujeto vino al mundo en Marsella, en 1857. Siendo niño descubrió que poseía unas facultades extraordinarias en su maquinaria gastrointestinal, cuando estando bañándose en la mar, sus esfínteres se abrieron mágicamente, tal que la cueva de Alí Babá, y absorvieron una inusitada cantidad de agua. Una vez acabado el chapuzón, expulso Joseph hacia la arena, para pasmo de los allí presentes, y por donde había entrado, todo aquel líquido.
Siguieron sus experiencias anales en el ejército, donde unió a esta habilidad la de emitir pedos con diferentes intensidades y tonalidades, lo cual era, al parecer, muy valorado por sus superiores. Cuando dejó la milicia, Pujol se abrió campo en el bello arte de la panadería, oficio que compaginaba con alguna que otra actuación músico vocal en los garitos nocturnos de su ciudad. Sólo se decidió a incluir la pedofonía en sus shows cuando los más allegados, privilegiados conocedores del secreto, le auguraron enormes éxitos en el music-hall. No se equivocaban, pronto la proezas de nuestro panadero con los gases le fueron abriendo camino en los mejores escenarios de Francia, hasta que llegó la culminación, el sueño de cualquier artista: El Moulin Rouge... Eso sí que eran buenos tiempos...
Las crónicas cuentan que el teatro contrataba enfermeras para que atendieran a los espectadores atacados en exceso por la risa mientras "el pedómano" hacía de las suyas. Era capaz de imitar las ventosidades de una niña, de una muchacha, de una recién casada, el ruido de un cañón -esto era la bomba, al parecer-, de una traca de diez segundos de duración, que se dice pronto... y el clímax de su espectáculo: la música. No sabemos que hubiera dicho Chopin al comprobar que Pujol era capaz de recorrer con sus pedos toda la escala, do-re-mi-fa-sol-la-si-do, el tío. Y no satisfecho con eso, se introducía un tubo recto por el idem y tocaba bellas melodías sin desafinar ni un medio tono.
La primera Guerra Mundial cambió las cosas en el planeta, incluido nuestro artista. Hubo de retirarse a su panadería, pero mientras confeccionaba croissanes, le recorría las entrañas, las mismas que tanta fama le dieron, la seguridad de que pasaría a los anales -nunca mejor dicho- del espectáculo. |
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| ¿QUIÉN FUE EL MAGO DE OZ? |
Hasta que dio con su mago, la producción literaria de Frank L. Baum se limitaba al "Manual de la cría de gallinas", obra que no le aportó gran prestigio en el mundillo intelectual norteamericano. Eso vino después, y se empezó a fraguar un buen día, mientras narraba un cuento a los más pequeños de su casa según lo iba inventando. Una oyente quiso saber cómo se llamaba aquel mago al que iban a buscar Dorothy, el espantapájaros, el león y el hombre de lata. Baum miró a los objetos que había en su despacho y encontró dos archivadores de esos que guardan los papelotes por sus iniciales. Uno llevaba en el lomo un letrero con las letras A-N, el otro, O-Z. Ahí estaba el nombre del mago: Entre "El mago de An" y "El mago de Oz", eligió la segunda opción. Eso cuenta al menos la leyenda.
Otra leyenda asegura que el autor del libro se inspiró en alguien de carne, hueso e intestinos para crear al personaje del mago en cuestión.
Pero los estudiosos no se ponen de acuerdo sobre quién pudo ser este individuo que se quedó a vivir en la historia dentro de un cuento.
Algunos dicen que fue, ni más ni menos, que el famoso ilusionista Harry Kellar. Es fácil suponer que Baum y Kellar llegaran a conocerse, puesto que sabemos que el primero vivía en Syracuse, y que el segundo llegó a actuar en esa ciudad. Baum era más que un mago aficionado, de hecho ideó y fabricó ilusiones muy efectistas cuando el éxito de su libro le animó a llevarlo a las tablas, así que nos lo podemos imaginar en la fila de la taquilla del teatro, ansioso por hacerse con una butaca cerca del escenario para empaparse de los prodigios del gran Kellar. Un detalle no recogido en la peli anima a pensar que el mago de Oz se inspirara en el más importante ilusionista de la época: ambos magos, persona y personaje eran calvos, muy calvos. "Soy capaz de cualquier cosa, salvo de que crezca el pelo en mi cabeza", repetía en ocasiones Kellar, a modo de lema personal.
A pesar de lo que pudiera parecer, esta hipótesis no es descabellada, al menos, es menos "descabellada" que sus protagonistas. Aunque la siguiente tampoco está mal... El mago de Oz desaparece de la historia a bordo de un globo aerostático, quizás lo recordéis. Nunca más se supo nada sobre él.
Justo lo que le sucedió al "Profesor Donaldson", nombre de un mago, ventrílocuo, espiritista y funambulista que tuvo la ocurrencia de sobrevolar el lago Michigan en un cacharro de esos en un día de tormenta. Jamás se volvió a tener noticias de Washington Harrison Donaldson. Su hazaña más destacada en el mundo de la aeronáutica consistió en que su globo fue escenario de la primera boda aérea de la historia.
Este Donaldson trabajaba en el circo de P.T. Barnum, el famoso empresario que se había empeñado en mostrar a toda Norteamérica lo más extravagante y asombroso que el planeta había sido capaz de alumbrar. Hay quien piensa que el mago de Oz no fue sino el tal Barnum, y apoya su argumentación en que, al igual que el ilusionista del cuento, éste caballero no gastaba escrúpulos a la hora de hacer pasar por verdadero lo que no eran sino patrañas, con tal de que el público acudiera en masa a sus carpas.
Otros eruditos dicen que el mago fue Thomas Alva Edison, quizás por aquello de los inventos –acordaros de los cachivaches que ideaba el personaje para dar el pego a la pobre Dorothy– y porque le unía al escritor del cuento la pasión por el cine.
Un tal John Hamlin, el empresario enamorado de la magia y de los elixires milagrosos que trasladó al teatro el cuento de Baum, y el líder de una extraña secta filosófica a la que pertenecía el escritor, de nombre William Phelon también han sido barajados como modelos del de Oz.
Quizás el escritor recogió un poco de cada uno, o quizás apareció, como un truco en la mágica mente de Frank L. Baum, igual que aparecieron en ella por las buenas un espantapájaros inteligente que creía no tener cerebro, un león valiente que no encontraba su valor y el más bueno de los hombres de lata, que desconocía que tenía corazón.
(Más información en "El mago de Oz: anotado" Frank L. Baum, anotado por Michael Patrick Haern. Prólogo de Martin Gardner–otro mago, por cierto.) |
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