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Richard Cardini

caricatura Richard Cardini
Richard Cardini Me pongo de pie para escribir sobre Cardini.
Vuelvo a sentarme porque es muy difícil manejar la hoja y el bolígrafo así. Pero que conste el intento, que Cardini está considerado por muchos como el autor del mejor acto mágico de la historia.
Richard Pichford nació en 1894 ó 1895 en el País de Gales. Cuando tenía cinco añitos, Mr. Pichford, un humilde violinista de teatro de variedades, se separó de Mrs. Pichford, que optó por abrir una pensión en Londres destinada a la gente del teatro.
Allí, el pequeño Richard se topó por primera vez con unos seres que hacían cosas extrañas llamados magos.
Su infancia podría pasar por un argumento de Dickens, que también fue ilusionista, ya que a los nueve años se escapó de casa y trabajó como aprendiz de carnicero, botones del Hotel Cardiff, dependiente de una tienda de aperos de ilusionismo y jugador de billar de exhibición.
En los billares tuvo trato con los bribones dedicados a hacer trampas en el juego, que le descubrieron todos los enigmas de los naipes. Cuando más tarde fue contratado como dependiente en una tienda de aperos de ilusionismo, Richard fue feliz asombrando con sus demostraciones a los clientes que acudían en busca del último descubrimiento de la contraciencia mágica, de la física lunática.
Buena parte de su juventud transcurrió en medio de la Primera Guerra Mundial. Lord Kitchener, que estaba al mando de la Infantería de Shrosphire, permitía que sus soldados llevaran una baraja de cartas, y entre bomba y bomba, Richard iba engañando al miedo de los soldados con sus juegos.
Su estancia en las trincheras marcaría sus técnicas cartomágicas para siempre. El frío que pasó hizo que se acostumbrara a manejar las cartas con los guantes puestos, de tal forma que, cuando acabó la contienda, su mano se encontraba desnuda y tímida sin ellos, y tuvo que seguir llevándolos en sus actuaciones, lo que le sugirió la idea de crear al personaje que pronto conoceremos.
Cuando una baraja va a la guerra se queda echa un asco, las cartas se llenan de barro, se comban y se doblan las esquinas. En esas condiciones no podía el soldado Pichford efectuar la técnica de ir sacando naipes uno a uno, de un paquete escondido entre los dedos. Por más que lo intentaba, salían en pequeños montones, pegadas unas a otras. Así fue como descubrió la técnica que le haría pasar a la historia mágica: la de ir sacando de la mano aparentemente vacía pequeños paquetes en «abanico». Fue tal su pericia al hacerlo, que los abanicos son también conocidos con el nombre de «cardinis».
Con el nombre de Cardini actuó Richard Pichford después de haberse llamado para la magia Madame Juliet, Val Raymond, Profesor Thomas y Valentine y de haber recorridoAustralia entera y buena parte de USA. De la palabra inglesa «card» (carta) y de la terminación más usual de los nombres de los magos, «ini» (Houdini, Bellachini, Malini…), nació Cardini, y con él el personaje de un elegante inglés tocado de chistera, con monóculo, guantes, traje de noche, y algo achispado tras una noche movidita.
Su número mágico resulta familiar incluso al que no ha tenido la fortuna de verle en acción. Sin pretenderlo, el tambaleante crápula empieza a hacer prodigios con sus manos enguantadas. Al dejar el periódico le aparece un abanico de cartas. Su sorpresa inicial se aumenta al aparecer un segundo abanico, y un tercero. Se quita el sombrero para refrescar su mente pero las cartas siguen surgiendo. Pasa un pañuelo entre sus dedos para demostrarse a sí mismo que lo que sucede no puede suceder, pero sigue sucediendo. Cuando definitivamente es del todo imposible que surjan más abanicos, lo que ve asombrado el mago es que en su mano hay un paquete entero, con estuche y todo. Saca los naipes y los reduce de tamaño hasta que desaparecen, pero regresan. Una locura. Cardini, ya turulato tras lo visto, hace aparecer sin quererlo, bolas de billar, una boquilla, cerillas encendidas y una lluvia de cigarrillos prendidos.
Cuando finalmente llega a su mano una gran pipa, decide irse a dormir la mona, convencido de que lo que le acaba de pasar han de ser visiones producidas por llevar varias copas de más.
Cardini, que fue llamado el Fred Astaire de la magia, ha sido el ilusionista más copiado de la historia, y su personaje ha quedado como el arquetipo del calavera inglés adinerado.
Cuando le preguntaron por la legión de plagiadores que sufría, él sentenció: «No han podido imitarme en una cosa: mantener puesto el monóculo».