Nuestro sitio utiliza cookies.

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.


logotipo libros de magia

Noticias/actualidad

llave

Magos y curiosidades

llave

Fred Kaps

caricatura Fred Kaps
Fred Kaps Para la mayoría de los niños, sentarse en el sillón de la peluquería con una sábana aprisionándole el cuello y sintiendo en el cogote la maquinilla que le va arrancando los pelillos, sin escapatoria posible, no es una experiencia que suelan anhelar.
Sin embargo, el niño de esta historia deseaba que sus cabellos recién cortados le crecieran tan deprisa como a los señores retratados en los carteles de las calles les crecen los bigotes cuando un chiquillo le dibuja dos trazos de tinta bajo su nariz. Es más, el mayor deseo del niño de esta historia era visitar al peluquero.
El nombre del niño era Abraham Bongers, nacido en Rotterdam en 1926; el nombre del peluquero, Verschragen, mago aficionado residente en Utrecht, la ciudad a la que se había trasladado la familia de Abraham.
Verschragen solía obsequiar a sus clientes de menor edad con algún pequeño objeto propagandístico, como bolígrafos o insignias, pero el día en que comienza esta historia, al peluquero se le habían agotado los regalos. Entonces se le ocurrió darle al hermano de Abraham, cuando terminó de pelarle, un juego de magia con el que una cerilla a la que se le quitaba la cabeza, se recomponía. Cuando Abraham contempló a su hermano realizando aquél prodigio, decidió que su pelo necesitaba un buen corte.
El primer truco que aprendió de Verschragen fue el de las tres pelotitas de papel, dos de las cuales se colocan en la mano y la tercera en el bolsillo. Al abrir la mano, aparecían en ella las tres. Abraham se creía el niño más poderoso del mundo, y sus visitas al mago de los pelos se multiplicaron hasta el punto de que el maestro hizo con el alumno un trato: Sólo cuando dominara un truco, le enseñaría otro.
A los trece años, Abraham, el futuro Fred Kaps, ya sabía la técnica mágica de las monedas, las cartas, los dedales, las cuerdas y demás. Estaba preparado para el debut, que se produjo compartiendo tablas con el fígaro Verschragen, en el que mostró sus habilidades con el manejo de bolas y el efecto de la bombilla que se enciende al contacto con la mano.
Ya adolescente conoció a otro de sus maestros, Vermeyden, con el que pasaba las vacaciones escolares aprendiendo de las demostraciones que les hacía a los clientes de su establecimiento. De él aprendió lo que le faltaba para hacerse profesional, convenció a sus reacios padres a base de éxitos, y comenzó la carrera del que muchos consideran el mejor ilusionista de todos los tiempos.
En 1946 se marchó al servicio militar sin sospechar que en los cuatro siguientes años iba a vivir más peripecias que D. Quijote. Fue destinado a Indonesia, donde estuvo animando a la tropa con sus ilusiones, haciéndose llamar Mystica, y donde pudo conocer a los magos del país, de los que tantas leyendas había escuchado, que le abrieron las puertas de sus milenarios conocimientos. Ellos le inspiraron un efecto en el que utilizaba sólo un humilde hilo, que rompía y recomponía asombrosamente.
Al tercer año de mili, una casualidad salvó su vida. Su misión en Indonesia consistía en proteger a los temerosos viajeros de los trenes de los asaltos guerrilleros. En una ocasión, una bomba destrozó el tren donde viajaba la patrulla de Abraham, y todos los soldados holandeses murieron en el acto.
Nuestro amigo el mago sintió volver a nacer ese día en que el azar, encaprichado con él, le otorgó aquella jornada de descanso. Gracias a ese truco del destino, Mystica pudo seguir un año más recorriendo los campamentos militares con un espectáculo, ofreciendo sus funciones muchas veces en medio de la jungla, mirando de reojo por si llegaba a aquel teatro silvestre una pantera y se lo comía de dos mordiscos.
Al volver a Holanda tenía sólo veinticuatro años, pero su experiencia con la magia y la aventura era comparable a la de un hechicero mohicano jubilado, así que se dispuso a emular en occidente sus logros orientales: Se presentó al Congreso Internacional de Barcelona y se llevó el Gran Premio.
Mientras cortaba pelos ajenos, al barbero Verschragen se le pusieron de punta los propios cuando conoció la noticia.
El último día del Congreso cambió el nombre de Mystica por el de Fred Kaps, con el que volvió a ganar otros dos Grandes Premios.
Convertido en figura nacional, un día actuaba para la televisión británica, otro para Charles Chaplin, otro era llamado al palacio de los Reyes de Mónaco, otro firmaba un contrato con el Lido de París…
Kaps dominaba todas las disciplinas del ilusionismo, desde las grandes ilusiones al ventriloquismo, tan pronto se fumaba su dedo pulgar como multiplicaba incomprensiblemente monedas gigantes en su mano; pero si existe un efecto unido a un mago, ése es el de la sal, la apoteosis del espectáculo de Kaps.
Antes de realizarlo, Kaps, «el rey de la elegancia», ataviado con un frac a medida de su metro noventa, extraía un conejo de un bastón y un canario del micrófono, cuya barra metálica traspasaba la tela de los pañuelos, que cambiaban de color ellos solitos y que se recomponían después de cortados.
Además, le crecían saleros en las manos y en los abanicos de naipes, uno de los cuales era lanzado al aire y regresaba a sus manos justo en el momento en que le aparecía un vaso lleno de cerveza.
Respire hondo el lector, que ahora viene lo bueno. Kaps derrama un poco de sal en su puño, pero al abrir la mano, desaparece. Toma un poco de sal aérea invisible y de su puño cae al suelo un chorro que parece no tener fin. El público no puede creer que pasados ya algunos minutos, aquella mano pueda seguir sacando sal de la nada, pero el hecho es que el escenario ya está más salado que el Adriático, y sigue. En pie, la gente, que ya no entiende nada, aplaude a rabiar, el telón amaga con cerrarse, pero rectifica porque sigue la lluvia de cloruro sódico. Al fin se cierra la cortina, pero el puño del mago queda asomando con la catarata del condimento activa.
Cuando ya el teatro es una cantera salina, Fred Kaps saluda y sale a recoger los aplausos, que como la sal, parecen no acabarse nunca.
Fred Kaps murió a los cincuenta y cuatro años. Los magos sospechan desde entonces que cualquier día, del cielo, lloverá agua salada.