Nuestro sitio utiliza cookies.

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.


logotipo libros de magia

Noticias/actualidad

llave

Magos y curiosidades

llave

Chang

caricatura Chang
Chang Juan José Pablo Jesorum había nacido en Panamá el 12 de Diciembre de 1889.
Desde muy jovenzuelos, él y su hermana pequeña se habían quedado huérfanos y tuvo que entrar a trabajar para la empresa que construía el famoso canal de su país, la mastodóntica obra que iba a unir dos océanos y evitar a los barcos un rodeo de medio mundo.
Dentro de lo que cabe tuvo suerte porque, mientras los obreros de pico y pala luchaban contra la geografía, las lluvias torrenciales, las enfermedades contagiosas y las picaduras de insectos, serpientes y demás bichos puñeteros, el muchacho estaba destinado en la oficina de la constructora en Colón, la entrada caribeña al canal.
Siendo apenas un adolescente, un buen día quedó paralizado ante un muro. Allí pegado, un cartel anunciaba que el mago Raymond había llegado a Colón.
Juan José Pablo no tenía ni idea de quién era el tal Raymond, pero en ese momento ya había decidido ir por la noche al teatro.
No las tenía todas consigo cuando contaba sus ahorros para comprobar si le llegaba para pagar la entrada.
Algún preboste del canal, con mente de energúmeno, había ordenado que los trabajadores de raza blanca cobraran su paga en oro en tanto que los negros y los mestizos, en plata.
Juan José Pablo era hijo de madre criolla y de padre chino, el último astrólogo de la última emperatriz de la China, según la historia que había imaginado, así que su sueldecito no le daba para mucho.
De todas maneras pudo pasar por la taquilla y quedarse embrujado con las proezas de Raymond.
Al día siguiente todavía no se había recuperado de los sobresaltos del teatro y sintió la necesidad de volver esa noche a ver al mago, de manera que estrujó la hucha al límite y logró reunir el dinero para la función.
Se le habían quedado los bolsillos más deshabitados de dinero que el Sahara de pingüinos, pero no quiso perderse la tercera y última actuación, y echó mano de su ingenio para conseguirlo.
Por aquel entonces los teatros se incendiaban frecuentemente, por lo que era obligada la presencia de bomberos.
El muchacho pudo convencer a un amiguete del Cuerpo para que le prestara el uniforme esa noche, y de esa guisa disfrazado marchó al teatro.
Como era alto y el casco le cubría hasta los ojos, el portero no sospechó el engaño, como él mismo no sospechó que minutos después su vida iba a dar la vuelta como se le da a una tortilla.
Resulta que el falso bombero se ocultó entre bambalinas para presenciar la sesión y ahí permaneció embobado hasta que unos gritos en inglés le devolvieron la consciencia.
El que chillaba no era otro que Raymond, que le repetía que estaba prohibido estar donde él estaba.
Juan José Pablo le respondió, también en inglés, que sólo cumplía con su obligación de velar por la seguridad del recinto, pero el mago ya había adivinado en los rasgos casi infantiles del intruso que aquel bombero no era uno genuino, ante lo cual, el joven se largó avergonzado.
Días más tarde, Juan José Pablo, que tantas sorpresas había vivido con los trucos del mago, iba a llevarse otra mucho más grande.
El propio Raymond en persona se presentó ante él. Le había encontrado por medio de un fotógrafo conocido de ambos y le proponía que le acompañara en su gira por Sudamérica, en calidad de ayudante y traductor. Seguro que adivinan cuál fue su contestación.
La gira se prolongó durante cuatro años por Asia, Europa y África, y durante ese tiempo, el aprendiz no perdió ocasión de estudiar las asignaturas del arte del birlibirloque.
Cuando se licenció en Hawaii, fue contratado por una compañía operística para dirigir la escenografía, y allí comenzó a desarrollar todo lo que había aprendido de su maestro. Tras varios estilos de tanteo, se decidió por la suntuosa magia oriental, en la que el misterio ya comienza con el propio nombre del artista. Es evidente que causa una mayor impresión decir «voy a ver a Lin-Tse-Dong» que «voy a ver a García» o «voy a ver a Smith».
El nuevo mago se bautizó con el nombre de Chang, que viene a ser en chino como García en español o Smith en inglés, y con su nuevo nombre empezó a recorrer el mundo.
Solía llegar al escenario de sopetón, apareciendo de un fogonazo, tocado con un bonete de mandarín y ataviado con un lujoso kimono.
Después de cada efecto mágico, Chang se quitaba el kimono y realizaba el siguiente con otro que llevaba debajo.
Si hacía aparecer una vasija con patos, con un kimono verde estampado de farolillos, después creaba una fuente inagotable de la nada con uno azul con motivos de dragones.
Aparte de lograr que el público quedara patidifuso, con esta política consiguió hacerse con una valiosísima colección de kimonos, algunos procedentes de las antiguas dinastías de sastrerías reales.
En las funciones de Chang se podían contemplar maravillas con nombres tan sugerentes como «Las cavernas del infierno», «La coctelera de Chang», «La danza de los esqueletos», «Fusilamiento de una señorita», «Una lección en despistar» o «Sherezade y el Sultán».
Todas esas proezas las realizaba con tanta elegancia y parsimonia que se le empezó a conocer como «el honorable Chang», y con resultados tan espeluznantes que los más exagerados le presentaban como «Chang: ¿hombre o demonio?».
A pesar de que se convirtió en el ilusionista que más dinero había ganado en toda la historia, Chang se arruinó más de una vez por su afición a los extraños negocios y a las extrañas mujeres.
Alrededor de sus viajes por los cinco continentes, nuestro mago se entretuvo en ir filmando un documental con sus momentos estelares, su contacto con los más variopintos públicos y otras curiosidades propias de un creador de fantasías.
La película, me dicen, entusiasmó a todo el que tuvo la suerte de verla, que no es mi caso, así que si alguien tiene una copia y me la pasa, le invito a cenar.