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Dante

caricatura Dante
Dante 1942. El jefe de una banda de gansters se halla rodeado por la policía. Como única escapatoria decide esconderse en un ataúd, esperando que sus secuaces le saquen de ahí una vez pasado el peligro.
Pero los encargados de transportar el ataúd al cementerio resultan ser dos botarates de cuidado, que confunden el féretro del capo con otro que utiliza el mago
Dante en su espectáculo. Leen la dirección donde han de llevar el ataúd y se dirigen al teatro, perseguidos por la banda de malhechores que piensan, equivocados, que dentro está su jefe.
El mago Dante ha de sufrir la presencia, como improvisados ayudantes, de los repartidores de ataúdes, que aparecen en escena huyendo de sus perseguidores.
Esta disparatada historia parece el argumento de una película del Gordo y el Flaco, y en realidad de eso se trata, de una de las últimas comedias de Laurel y Hardy titulada «Qué par de locos».
La elección de Dante para el papel de ilusionista estaba cantada. Su estampa coincidía al dedillo con la imagen que el público tiene de los magos: alto, de mirada clara y penetrante, pelo plateado, bigotes curvos, perilla puntiaguda y ademanes solemnes y ceremoniosos. Por si fuera poco, el público estaba familiarizado con Dante, por entonces mundialmente conocido, a pesar de que ya vivía retirado en su rancho californiano.
Desde alguna de las catorce casas de «Infierno», –que así se llamaba su rancho– el multimillonario danés Harry August Jansen, Dante, solía recordarse con veintiocho años y dos niños navegando hacia Australia con cincuenta céntimos en un bolsillo y unos gramos de polvos mágicos en el otro.
Poco a poco fue aumentando los céntimos de su bolsillo, manteniendo el número de polvos, que como eran mágicos, no se gastaban. Así anduvo hasta que se tropezó con Thurston, el mago de hace unas páginas, que le fichó como su embajador y tuvo la ocurrencia del nombre artístico.
Dante viajó por todo el mundo: Londres, París, Madrid, Tokio, Hong Kong, Manila, Moscú, Buenos Aires… Precisamente hacia Sudamérica se dirigía cuando su barco se perdió durante varios días en alta mar, y le imaginamos rezando para que no se hiciera realidad el más famoso de sus efectos mágicos: «Las fuentes del agua» en el cual Dante, ataviado de mandarín, iba haciendo aparecer chorritos de agua allí por donde tocaba con su varita, hasta dejar el escenario como el lago Titicaca en temporadas de lluvias.
No fue el único percance en su carrera. El estallido de la Segunda Guerra Mundial le pilló en un sitio tampoco aconsejable como Berlín, donde añadió a su sorprendente espectáculo –en el que hacía desaparecer grandes animales– el número de su propia desaparición del país.
Poco antes, un incendio le había destrozado gran parte de su equipo, pero Dante jugaba a ser cómplice de los diablillos, y el fuego, por tanto, no le tocó ni un pelo de la perilla.
Dante dejó para la historia tres palabritas que aún hoy son recordadas y recitadas por los ilusionistas: «SIM-SALA-BIM», las palabras mágicas más famosas tras el «abracadabra» de la cábala. «SIM-SALA-BIM» era el nombre de la función que Dante llevó por el mundo.
Además de un gran ilusionista, el danés era un comediante de aúpa, que adornaba sus trucos con chistes y retruécanos, y fue el primero en presentar las ilusiones como si de una comedia musical se tratara. El público se desternillaba con «La tienda del barbero», un número en el que Dante disfrazado de barbero se disponía a afeitar a un cliente. Se cubrían con máscara de carnaval y de repente aparecían ambos con los papeles cambiados, el barbero se convertía en cliente y viceversa.
Cuando acababa la función, Dante respondía a la ovación uniendo sus dedos y gritaba «SIM», que según él significaba cien gracias. Seguía la ovación y el mago alzaba los brazos e indicando mil gracias proclamaba «SALA», y aún los elevaba más para el millón de gracias que acompañaba con el «BIM».
En 1955, Dante se murió, y este capítulo se despide del lector con un:
«SIM-SALA-BIM».