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Goldin

caricatura Goldin
Goldin Selbit partía por la mitad con un serrucho una caja con señora dentro.
Horace Goldin, su gran competidor, va a ir un paso más allá: Va a utilizar una gran sierra circular para dividir en dos a la dama en cuestión.
Vamos a situarnos en Boston en 1931, por ejemplo, y a imaginarnos que los Smith deciden asistir al espectáculo que ofrece Goldin en un teatro de la ciudad. La radio no deja de hablar de este judío que figura con el nombre de Hyman Goldstein en los registros de Polonia, donde llegó al mundo en 1873, y que dieciséis años después emigró, como tantos paisanos, a USA.
El locutor de radio recuerda divertido el espantoso acento de Goldin en su debut y la crónica periodística del día siguiente: «Es un mago excelente, pero recomiendo a quien vaya a verle que se ponga algodones en las orejas». Desde esa crítica, Goldin decidió no volver a pronunciar palabra en escena.
El de la radio se va animando cuando anuncia el plato fuerte de la sesión de Goldin, y cuenta el último chiste:
– Si yo conociera a un mago, le pediría que me cortara por la mitad.
– ¿Por qué?
– Tengo juanetes.
El perro de los Smith les lleva el periódico (no olvidemos que estamos en Boston, y allí los perros llevan los periódicos), y lo abren por la cartelera para ver la hora del teatro.
Al lado, una semblanza recuerda que, como tantos artistas de la época, lo perdió todo en un naufragio hawaiano y que actuó tanto para mineros pobres como para el rey de Siam, que hizo construir un palacete sólo para la representación.
En la página de al lado, y en una hábil maniobra publicitaria de Goldin, su ayudante, la tronchada por la sierra, exigía públicamente en un anuncio que se aumentara el montante de su seguro de vida, dado el alto riesgo que corría.
Llega la hora y con sus mejores galas, los Smith parten al teatro. Les adelanta una ambulancia con la sirena en marcha y un anuncio con un texto escrito en su carrocería: «Voy al teatro por si la sierra resbala».
Un escalofrío recorre el espinazo de los bostonianos, que desconocen que se trata de otro de los ardides publicitarios del mago.
A la entrada del teatro les espera un tétrico grupo de funerarios posando bajo un cartel que anuncia que están allí en previsión de algún desperfecto que pudiera sufrir la dama que iba a ser serrada, como si fuera un roble canadiense.
Con un nudo en la garganta se sientan los Smith y pronto empiezan a pasar cosas a un ritmo de frenesí. Les esperan cuarenta trucos en cuarenta minutos, sin pausas, a una velocidad endiablada, suponiendo que los diablos vayan deprisa. Con razón la prensa había aconsejado no parpadear para no perderse algún milagro de Goldin, «el torbellino en traje de etiqueta».
Ante los ojos del respetable, sin descanso, una dama transportada por cuatro árabes se oculta en una cortina y se convierte en el propio Goldin; una mujer y un piano desaparecen colgados en el aire; el mago dibuja con sus manos la sombra de un conejo sobre un papel tras el que no había nada y después lo rasga, extrayendo uno de carne y hueso. Goldin introduce su brazo por el cuerpo agujereado de un árabe, que bebe y le va saliendo el agua por el boquete. Un canario lanzado con un revólver se mete en una bombilla.
Entre todos estos despropósitos, los Smith contemplan una película en la que una actriz, desde la pantalla, enciende con una cerilla el cigarro del ilusionista, fuera de ella. Luego le da una silla, él entra en pantalla y ella sale y ya no se sabe lo que pertenece al mundo de lo real y lo que está filmado.
Quince años antes de las películas sonoras, las proyecciones de Goldin ya tenían voz propia. Como ocurrió con Méliès, también él había innovado el séptimo arte pensando en hacer magia.
Cualquier cosa puede pasar ahora; a Goldin le gusta desarrollar con trucajes acontecimientos de la vida social, política y deportiva, lo mismo que hacen los dibujantes de viñetas en los periódicos con las noticias, lo hace él con la prestidigitación. El mismo día que sucedió el robo de la copa de oro en Ascott, algo muy sonado entonces, ya estaba Horace Goldin representando el suceso con una réplica de la copa que se esfumaba como encantada. Dreyffus escapándose de la Isla del diablo y las aventuras reales del capitán Potato Jones, un héroe americano que conseguía llevar patatas a Cuba burlando el bloqueo, durante la contienda con España, fueron otros de los eventos parodiados por nuestro mago.
Llega el gran momento y aparece una mujer entera que observa unos pases mágicos de su jefe y cae hipnotizada. Es colocada en una mesa mientras una enorme sierra circular se va acercando a su cintura, justo cuando una señora del palco se desmaya y los Mc Murphy abandonan aterrados la sala.
La sierra comienza a penetrar chirriando en el bello organismo de la chica. El club de viudas bostonianas al completo emite desgarradores alaridos. La tensión se puede cortar como a la chica, a la que le han debido de destrozar los intestinos.
Finalmente se retira la sierra y ella aparece, tan fresca y recompuesta, y los Smith, que aún están bajo las sillas aplauden a rabiar cuando el espectáculo se acaba.