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Juan Tamariz

caricatura Juan Tamariz
Juan Tamariz Cuando Juan Tamariz acaba un juego, mientras le aplauden, hace como si tocara un violín invisible. Si fuera verdad que el violín existe y sólo él puede verlo, indudablemente Tamariz, además del más divertido, sería uno de los mejores magos de la historia. Si en cambio lo del violín es un cuento, seguiría siendo uno de ellos, porque los prodigios que celebra con su música los querría para su repertorio la mismísima bruja Morgana.
Juan Tamariz-Martel Negrón nació en Madrid, el 18 de octubre de 1942. A los cuatro años se empeñó en que sus padres le llevaran al teatro para ver a un mago, y ahí empezó todo.
El gusanillo de la magia estaba instalado en algún eslabón de su cadena genética, porque su tío abuelo, el Marqués D. Luis Negrón, se había ganado en la Andalucía de principios de siglo XX merecida fama como ilusionista. Sus milagros eran tan conocidos como sus correrías bohemias y su afición al juego, con el que consiguió dilapidar las dos fortunas de sus sucesivas y ricas esposas.
El niño Tamariz era feliz mostrándole a su pandilla los trucos que había aprendido en las cajas de magia que por Navidad le regalaban sus colegas los Reyes Magos. Cada vez que el mago Marlow actuaba en el colegio de sus hermanos mayores, Juanillo se colocaba en primera fila y allí se quedaba embelesado, como si hubiera visto por primera vez el mar.
En cuanto pudo comenzó a ofrecer sus sesiones ante auditorios más numerosos, pidió prestados sus primeros libros, compró sus primeros artilugios y se preparó para ingresar en la Sociedad Española de Ilusionismo (SEI), que en su imaginación era un lugar tan encantado como una convención de druidas.
En cuanto cumplió los dieciséis años, se presentó en la puerta de la SEI, dispuesto a pasar el obligatorio examen de ingreso, pero le dijeron que la edad mínima requerida era veinte años, y que volviera cuando no fuera un mocoso.
Dos años después volvió, mintió sobre su edad y dispuso su baraja sobre el tapete para enseñar sus trucos al tribunal de ilusiones.
Aquel muchacho con cara de despiste que parecía ser capaz de olvidarse en casa los zapatos, dejó a los examinadores petrificados, con la sospecha de que habían descubierto a un mago que llegaría a figurar en los libros de historia. Aquí está la prueba de que acertaron.
En la SEI conoció a compinches como Juan Antón, con el que se unió para el famoso número de «Los mancos», un desternillante espectáculo en el que ambos actuaban con una sola mano, y también su maestro, Arturo de Ascanio.
Tamariz hizo también sus pinitos en artes de la parentela mágica, actuando como payaso, titiritero y, seguramente, concertista de violines que sólo ven sus dioptrías. Así iba sacando para comer, «con los tomates de mi amable público», dice, mientras se hacía popular, sobre todo en las tiendas de bicarbonato, producto que adquiría en grandes cantidades para abrillantar la multitud de trofeos que ganaba en concursos, «cinco jurados, cinco cajas de puros», explica refiriéndose a uno de ellos.
Juan Tamariz estudió hasta el cuarto curso de Física y se preparó para ser director de cine, lo que hubiera conseguido de no ser por unos señores muy serios, muy franquistas y nada mágicos, que le expulsaron junto a otros compañeros peligrosillos. «No veo diferencias entre Robert Redford y yo –dice con cierta nostalgia cinematográfica–. Puede haberla, no sé. Quizás él es más rubito...».
En 1973, como si un meteorito se hubiera desplomado en el país de los magos, Juan Tamariz convulsionó a la profesión en el Congreso Mundial que se celebró en Francia con el «Número de París», que con ese nombre ha pasado a la historia, en el que la lógica se sonroja, los comodines cambian de sitio y viajan a sobres cerrados, unas monedas, como si además de caras tuvieran pies, van apareciendo por las buenas bajo los naipes y también, entre otros muchos embrujamientos y entre mucha risa, Tamariz toca a la armónica una bella cancioncilla. «Lo más grande que yo he visto en magia», escribió Ascanio con un escalofrío en el bolígrafo.
Entretanto, su popularidad aumentaba en las tiendas de bicarbonato y en el público en general, debido a apariciones en los televisores del orbe, en los que comparte con el detective Colombo el desgarbo y la agudeza.
Su fama de mago es tan grande que en una ocasión, estando hospedado en un hotel de Málaga, una camarera le pidió por favor que la acompañara para que mirara a su novio y adivinara si le estaba engañando con otra.
Lo que había producido la confusión a la muchacha eran las magias de Tamariz, tan graciosas como inexplicables, como «Coincidencia total», efecto imposible en el que las cartas de dos barajas, tras haber sido mezcladas por un espectador, coinciden en su orden una por una. O como «El poder hipnótico de los Jokers», en cuya versión final, tras trece años de trabajo, los comodines hipnotizan a la carta elegida por el espectador para que esté en todos los sitios de la baraja, desaparezca y viaje al bolsillo del mago. O como los disparatados malabares, en los que utiliza un huevo de avestruz, un huevo frito y una oreja.
El legendario Dai Vernon aseguraba, refiriéndose a Tamariz que «en más de ochenta años que llevo de vida mágica, nadie me había engañado tal como él lo hizo».
Cuando le dicen que es uno de los mejores magos de cerca de la historia, él muestra su destartalada dentadura y apunta: «No sé si de los mejores, pero sí el más elegante».
Dijo Mihura que «el humor es verle la trampa a todo», y si hay alguien que consiga verle a todo las trampas y que no se la vean a él, ése es Tamariz y éste, su lema: «Magia-Amor-Libertad-Humor-Magia y el resto es la nada».

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