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Malini

caricatura Malini
Malini Ni el mismo Hércules Poirot, si se hubiera cruzado en una esquina con Malini, hubiera deducido que estaba ante uno de los mejores magos de la historia. Bajito, feo, cargado de hombros, con la voz cascada, un dudoso sentido de la educación y esas manos tan pequeñas, hubiera pasado antes por cobrador de tranvía que por prestidigitador de campanillas.
Su verdadero nombre era Max Katz Breit y había aparecido en el mundo en Ostrov, en la frontera austro-polaca, en 1873, aunque muy pronto su familia se lo llevó a Estados Unidos.
A los doce años ya se ganaba la vida dando volatines como acróbata ambulante, pero pronto fue adoptado como ayudante por el extraño Sr. Seider, un ilusionista
retirado, ventrílocuo y comefuegos, que con los ahorros de su carrera había montado una tabernucha muy del gusto de borrachines, pendencieros y gente brusca en general. Ése fue el escenario de las primeras actuaciones del pequeño Malini, que primero noqueaba el intelecto de la asistencia y luego pasaba el sombrero en busca de calderilla.
En la cabeza de Max, además de multitud de magias, anidaba la ingeniosa idea de hacerse millonario, y como con este sistema tardaría siglos en lograrlo, abandonó los bajos fondos y fijó su mirada en los barrios de alcurnia. «Debes procurar ir con gente de dinero, si es que quieres ganar dinero», solía decir, así es que comenzó a limitar sus actuaciones a pequeños grupos de capitalistas, a los que cobraba la entrada a precios desorbitados.
En una ocasión, trabajando en un hotel de Miami, añadió al precio normal de la función un recargo de cuatro dólares con el objeto de «forrar sus bolsillos».
Ayudó a amasar su fortuna el que no se gastara una perra chica en transporte de material porque lo suyo no era la aparición de hipopótamos africanos ni la levitación de orfeones, sino todo lo contrario; le bastaba manipular pequeños objetos cotidianos, como monedas, vasos, pañuelos, botones y una buena dosis de charlatanería para que su público acabase pellizcándose por si lo que había presenciado era cosa de sueños.
La peculiar personalidad de Malini, ingenioso, arrollador y un poco indecente, ha dejado a la historia de la magia alguna de las más divertidas anécdotas del mundillo.
En una ocasión entró en una sastrería de Washington y reconoció en la etiqueta de un traje de gala el nombre de un político que tenía previsto asistir a una de sus representaciones. A Malini se le iluminó la bombilla y pudo convencer al sastre para que cosiera una carta en el forro de la chaqueta. Imagínense la cara de pasmarote que se le puso al político cuando, durante la función, al descoser el traje que estrenaba, apareció allí el naipe que él mismo había elegido.
Aunque como sorpresa morrocotuda, la que se lleva la palma es la del pavo resucitado. Esta travesura consistía en que Malini chantajeaba a los cocineros para que le dejaran hipnotizar a un pavo y camuflarlo de forma que pareciera ya cocinado: Durante el primer plato, el mago guiaba la conversación hacia asuntos como el más allá o la resurrección, hasta que llegaba el segundo. Cuando el anfitrión lo trinchaba, el pavo salía de su siesta y echaba a correr entre los comensales, que se habrían asustado menos si hubiera entrado a cenar Jack el Destripador armado con su hacha.
A pesar de su original temperamento y de su escaso apego a las normas de urbanidad, Malini actuó ante cuatro presidentes de EEUU, Rockefeller, el Zar de Rusia, el Rey de Siam, Chiang Kay Chek, el Gran Caruso e incluso ante el mismísimo Al Capone, en una reunión en la que más de un historiador hubiera dado un ojo con tal de poder haberla visto con el otro.
Con esta otra anécdota –de paso– conoceremos uno de los juegos con los que más se le identifica: el de las cartas clavadas. Consistía el asunto en que el público escogía unos cuantos naipes, de ocho a doce, que eran dispuestos sobre una mesa junto con el resto de la baraja. Malini, con los ojos vendados y sin tocarlos con las manos, iba identificándolos uno a uno, clavándolos a la mesa con un cuchillo.
Resulta que se encontraba ante la familia real británica con la baraja en ristre. A pesar de que había sido aleccionado insistentemente en tratamiento protocolario de palacio, el mago se dirigió a su graciosa Majestad con un: «Coja una carta, Sra. Reina». Ella sonrió ante tal desfachatez, pero lo que no le hizo ni pizca de gracia fueron las cuchilladas que arreaba a las cartas, por lo que exclamó: «¡Esta mesa fue construida bajo el reinado de Luis XV!». Malini, que seguía a lo suyo, le respondió: «Y desde ahora podrá añadir: ¡Y esta señal fue hecha por Malini!». Así era el hombre.
El gran Dai Vernon –que estará con ustedes algunas páginas más adelante–, cuenta la última de estas historietas de Malini. Vernon no sabía cómo, pero el caso es que su colega le engañaba una y otra vez. Así es que una noche decidió no quitarle ojo a sus pequeñas manos, convencido de que intentaría sorprenderle nuevamente. Llegó el momento en el que Malini pidió un sombrero y lanzó dentro de él una moneda, para que una señora adivinara si había caído de cara o de cruz.
Sin embargo, aunque todos sus movimientos habían sido vigilados, lo que había en el sombrero era un trozo de hielo de 15x15 cms. Para colmo, las manos del mago estaban totalmente secas. ¿Dónde estaba antes el hielo? Si yo lo supiera estaría en Las Vegas, haciéndome tan millonario como Malini.
A pesar de su desmedida afición al coleccionismo de dólares, Malini actuó frecuentemente en obras benéficas animando a enfermos en hospitales, incluso estando él mismo ya achacoso.
En 1942 murió en Honolulu sin que nadie pudiera explicarse cómo podía esconder las cartas en esas manos tan chicas.