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El Gran Lafayette (The Great Lafayette)

caricatura El Gran Lafayette (The Great Lafayette)
El Gran Lafayette (The Great Lafayette) Todo en la vida de Siegmund Ignatius Neiberger, el Gran Lafayette fue tan estrambótico y exagerado que su biografía parece una caricatura.
Nació nuestro mago en Munich, en 1872, y a los doce años emigró con su familia a USA.
Se adentró joven en el mundo de la farándula pintando escenografías y poco a poco fue aprendiendo algunos juegos de magia, hasta que a los dieciocho años decidió lanzarse a la aventura.
Junto con su socio Mike Whelan se marchó al legendario Oeste, con un espectáculo de variedades destinado a los buscadores de oro, pero se cansó de tener que dormir con un ojo abierto y otro cerrado, como John Wayne, y al poco se le podía ver en lugares más civilizados actuando en vodeviles como arquero de precisión.
Cuando presenció el número del chino Ching Ling Foo, de gira por Estados Unidos, ya supo que él siempre aparecería en libros como éste, al lado de los más grandes magos, así que montó un espectáculo de postín y se fue a triunfar a Londres, donde le empezaron a llover los contratos.
Su personalidad era tan aparatosa y pomposa que Lafayette decidió que su nombre no le hacía justicia y pasó a llamarse el Gran Lafayette.
No era para menos, llegó a contar con cuarenta y cinco ayudantes, caballos en el escenario, vestuarios deslumbrantes, múltiples cambios de decorados, orquesta propia y hasta un león, el primero de la historia en ser contratado por un mago.
Entre otros sobresaltos, su espectáculo consistía en la aparición desde el vacío de palomas, de cabras y de la perrita Beauty, no olviden este nombre.
Después hacía esfumarse a una bañista y más tarde modelaba con arcilla una estatua de mujer que cobraba vida y se paseaba por un jardín con fuente y todo, que antes no estaba.
Las increíbles andanzas de un osito de peluche, que se paseaba a sus anchas por el teatro, daban paso a un dramón, en el que el Dr. Kremser se veía obligado a sacrificar a un perro, interpretado por Beauty –sigan sin olvidar este nombre– para salvar la vida de su hija, pero caía fulminado mientras preparaba la anestesia para la operación. Entre sueños, el cirujano contemplaba un personaje con cabeza de perro, la desaparición de su hija, su propia decapitación y otros disparates por el estilo.
Como arrebatador final del programa, el león se convertía en Lafayette justo en el momento en que iba a merendarse a una muchacha cristiana, también interpretada por Lafayette.
Entre número y número, el mago hacía gala de sus dotes como transformista, apareciendo caracterizado como el arzobispo de Canterbury, el Rey Eduardo, la Reina, Chin Ling Foo y los compositores Sousa, Strauss y Ofenbach.
Espero que no hayan olvidado el nombre de Beauty, una perrita que le regaló Houdini a Lafayette y que se convirtió en lo más importante de su vida.
Adoraba a Beauty de tal manera que, ya millonario, hacía que un sirviente con guantes blancos le sirviera manjares caninos en una vajilla de oro, y sólo en la alimentación y el aseo de su querida cuadrúpeda gastaba lo equivalente al salario de un trimestre de un obrero.
Tal era la adoración hacia Beauty que, en sus contratos figuraba la foto de la perra y la frase: «Si los empresarios fueran tan honestos como tú, este contrato no sería necesario».
En sus cheques había reproducido un retrato de la mascota, una bolsa de dinero y una leyenda: «Mis dos mejores amigos».
Esta chifladura que se traía con Beauty, y que a más de uno que osó llamarla perro le supuso un puñetazo del iracundo ilusionista, hizo a Lafayette pasar a la historia de las citas por haber creado la famosa sentencia: «Cuando más conozco a los hombres, más quiero a mi perro», que convirtió en su lema durante los quince años que vivió el chucho, dicho sea con el debido respeto.
Cuando murió el animalito, el Gran Lafayette se derrumbó. Buscó al mejor cirujano para que la embalsamara y a la mejor funeraria para que la enterrara en la fosa que el mago tenía reservada para él, en el ataúd más lujoso del mercado.
No dejó ni un día de visitar a su amada; su compenetración con ella fue tal que, cinco días después del óbito, ya estaba él difunto, dispuesto a acompañarla.
Su muerte fue tan novelesca como su vida. Ocurrió al incendiarse el escenario mientras él se las veía con el león devora cristianas. Quiso salvar a un caballo que había quedado atrapado en las bambalinas y no pudo escapar. Fueron identificados ocho cadáveres tras el suceso y sólo se echó en falta a Richards, el trompetista de la orquesta. Entre tanto se averiguaba qué fue de él, se preparaba el entierro de Lafayette, que no lo hubiera mejorado Cecil B. De Mille. Abriría el desfile una carroza con los restos incinerados del mago, seguida por veinte carruajes, un Mercedes con su otra perrita Mabel a bordo, otras cuantas carrozas ornamentadas de flores, algunas más con los allegados y, por último, la policía a caballo.
A la multitud que presenciaba la escena, todo le pareció encantador, perfecto; sin embargo algo fallaba. El muerto no era Lafayette, sino Richards, el trompetista. Se descubrió la cosa al inspeccionar los restos del teatro incendiado. Allí se encontró un cadáver irreconocible, pero que lucía en sus dedos los dos anillos que siempre llevaba el ilusionista.
El error se debió a que Richards hacía las veces de doble de Lafayette para que éste pudiera aparecer de repente en un lugar insospechado, en un cambio incomprensible. Hubo que darse prisa con la cremación del verdadero Lafayette para que la parafernalia del entierro no se fuera al garete. Fue su último truco.