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Erdnase

caricatura Erdnase
Erdnase Curioso caso el del tal S.W. Erdnase. Cambió la historia de la magia con naipes y sin embargo, nadie sabe a ciencia cierta quién diablos fue este señor.
Todo empezó en 1902, cuando apareció en las librerías un libro firmado por él: «El experto en la mesa de juego», el primer tratado de artimañas de tahúres y de paso, el mejor libro sobre las técnicas de cartomagia jamás publicado. Pero el libro habría pasado desapercibido de no ser porque llegó a manos de un inquieto niño de doce años llamado Dai Vernon.
Alí Babá, al entrar en la cueva de los cuarenta ladrones y ver los tesoros allí escondidos no quedó tan fascinado como el pequeño Dai ante la obra de Erdnase, un libro con más magia dentro que la autobiografía de Merlín.
Dai Vernon tiene en este libro de aventuras un capítulo para él solo, pero por ahora, quede aquí dicho que llegó a ser uno de los más grandes cartómagos de la historia y que dio a conocer a Erdnase, su fuente de inspiración, a todo el gremio de la prestidigitación.
Desde ese momento, los magos quisieron saber quién era el desconocido autor del tratado de trampas y se pusieron manos a la obra.
De la lectura de «El experto en la mesa de juego» se desprende que Erdnase fue un fullero de tomo y lomo, un prodigioso escritor, detallista hasta el extremo: «Sujeta la baraja en la mano izquierda de modo que las primeras articulaciones de los dedos corazón y anular descansen contra la mitad de un lado, el pulgar contra la mitad del lado opuesto, la primera articulación del meñique contra la mitad de un extremo y el índice doblado…» y un sabio en cuanto a sutilezas psicológicas: «El comportamiento de un buen jugador de cartas debe estar tan estudiado como su técnica… especialmente, la total supresión de expresiones al ganar o perder».
También conocemos por la lectura de su ensayo la razón que llevó a Erdnase a divulgar sus secretos: «No volverá juicioso al loco, ni reducirá la cosecha anual de gorriones. Pero cualquiera que sea el resultado, si el libro se vende se verá satisfecho el motivo principal del autor: la necesidad de dinero», y pare usted de contar. La curiosidad movió a J. C. Sprong a dar la lata una y otra vez a Drake, el editor de Erdnase, sobre la identidad del autor, y tan pesado se puso que obtuvo una pista: leyendo de derecha a izquierda S. W. Erdnase, obtenemos E. S. Andrews.
Por ahí había que indagar. El famoso matemático Martin Gardner encontró a M. D. Smith, que había ilustrado las ediciones posteriores y que sospechaba que quien se escondía bajo el seudónimo pudiera ser Milton Franklin Andrews. Gardner averiguó que este individuo había nacido en 1872 en Connecticut, que pasó una infancia triste debido a la deformación que sufría su cuerpecillo a causa de una enfermedad del esternón y que ya a los dieciocho años burlaba a sus compañeros de póker con un repertorio de trampas mayor que el utilizado por el Coyote para zamparse al Correcaminos, y en ocasiones, con la misma suerte.
En más de una ocasión se encontró nuestro pícaro escritor en la ruina. En una de éstas, Andrews, tuvo la ocurrencia de cambiar de sitio una colección de diamantes ajenos, que fueron a parar a su bolsillo. La mala vida de nuestro tahúr se complicó cuando, tras pasar una noche en compañía de una baraja y de un viajante de comercio, éste apareció bastante muerto. En situación no más envidiable apareció la amante de Andrews. La policía se puso a indagar y nuestro protagonista tuvo que emigrar a Australia, donde pasó una temporada escondido, acompañado de su amiga Nulda Oliva.
Cuando regresaron a San Francisco, en la comisaría no se había olvidado aún el caso. Un inspector dio con su paradero después de visitar los colmados de la ciudad y de averiguar quién compraba habitualmente leche malteada y cereales, el único alimento de Andrews.
Acorralado por la poli, el fullero no tenía escapatoria. En la mesa de juego ya se había visto en alguna parecida, pero su habilidad le había salvado.
De la lectura de su libro, Vernon dedujo que en una ocasión en que le acusaban de tener una carta de más, salió del atolladero enseñando la palma de la mano vacía y escondiendo el naipe en el dorso.
Pero la policía no estaba para juegos, y viéndose perdido, Andrews disparó primero contra Nulda Oliva y después él mismo se mató. Ocurrió en 1905.
Si resulta que Andrews, después de todo, no fue Erdnase, aceptemos que se coló en la historia de la magia haciendo trampas, que bien pensado, sería lo más coherente.

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