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David Devant

caricatura David Devant
David Devant El paisajista escocés James Wighton estuvo preocupado por la educación artística de su hijo David, desde que éste agarró su primer biberón, en Highgate, en 1868. Algo más crecidito, David acompañó a su progenitor a visitar una exposición de pintura, en la que se quedó inmóvil, como hechizado, ante un óleo que representaba una escena bíblica. Una plaquita en el marco avisaba que el título de la obra, escrito en francés, era «David devant Goliath», traducido «David contra Goliath». Aquellas palabras quedaron grabadas en la memoria del niño, de manera que cuando se hizo prestidigitador, años más tarde,
se bautizó para el espectáculo con el nombre de David Devant.
Contaba con veintidós años cuando le descubrió nuestro querido Maskelyne. David se encontraba actuando en un music- hall londinense, el Trocadero, y había transformado a un hombre en una mujer, sin cirugía, tan sólo metiendo al caballero en una cabina de tela y atándole una cinta cuyos extremos, que sobresalían, eran sostenidos por dos personas del público. En tres segundos de nada, quien estaba en la cabina atada con la cinta era una señorita. Maskelyne, el ídolo de todos los magos de la época, no dudó en pedir al jovenzuelo que se asociara con él, y marcharon al «Egyptian Hall» dando saltos de alegría. Estuvieron juntos diez de los mejores años de la cosecha mágica.
El crítico del «Times» calificó a Devant como el mejor ilusionista inglés de todos los tiempos, después de haber presenciado efectos nunca antes imaginados, como el de «La mascota mariposa», en el que hacía desaparecer a una muchacha disfrazada de mariposa sin cobertura alguna, la inexplicable desaparición de un motorista que colgaba del techo encerrado en una caja o «El espejo mágico», en el que un voluntario, ataviado con una capa negra, se asomaba a un espejo en el que, poco a poco se iba reflejando junto a su rostro una espectral figura. Era Mefistófeles, el demonio preferido de los prestidigitadores, que tal que si tuviera unas vacaciones para descansar de su habitual misión de hervir pecadores en calderos, había decidido presenciar en primera línea el espectáculo del que todo Londres hablaba. Pero, quizás por deformación profesional, el demonio pensaba que podría divertirse con alguna travesura, y se transformaba en el mago, que en ningún momento se había separado del espectador. Quien aparecía ahora en el espejo, junto al rostro del desconcertado voluntario era el mismísimo David Devant.
A pesar de lo truculento del juego anterior, la magia de Devant no producía miedo, sino todo lo contrario. Su lema, «todo por amabilidad», refleja un estilo de presentación lleno de comicidad y guiños de complicidad al público.
Devant revolucionó la magia al quitarle el corsé de la trascendencia y la faja de la seriedad. Decía Ionesco que «donde no hay humor, no hay humanidad», y si tenía razón, que la tenía, mientras la mayoría de los otros fueron humanos magos, Devant fue un mago humano.
Prueba de lo anterior fue su especial dedicación a la magia infantil, de la que muchos grandes prestidigitadores huyen como si les persiguiera una manada de bisontes rabiosos. Cualquiera que haya probado a hacer magia para niños habrá padecido a Miguelito, que se levanta para husmear qué hay dentro de la chistera, a Laurita, que aunque no se ha dado cuenta del truco, grita que el pañuelo desaparecido lo tiene el mago en la boca, que ella ha visto cómo se lo comía y que ése es un mago de pacotilla, o a Perico exclamando que para mago bueno su papá, que hace no sé qué cosa con una peseta. Más de una fiesta de cumpleaños ha terminado con un ilusionista pidiendo cita para una cura de reposo en un balneario.
David Devant, sin embargo, era capaz de que los niños enmudecieran, rieran o aplaudieran cuando correspondía.
Uno de sus experimentos favoritos consistía en subir a un niño y a una niña al escenario, a los que mostraba, flotando en el aire, unas partículas invisibles. Devant cogía una de ellas y la introducía en su sombrero. Entonces aparecía un huevo, que la chica tomaba para dárselo al chaval. Esto se repetía tantísimas veces que el pobre niño ya era incapaz de sujetar los huevos, que se desparramaban cascados por el suelo entre las carcajadas de sus amigos.
Otra de las preferencias de los más pequeños era el de la lección de magia. Paradójicamente, este juego, que era uno de los más jocosos de su repertorio, le hizo ver a David Devant que sus días como mago habían finalizado. «Voy a enseñar a un niño a transformar un pañuelo en un limón. ¿Puede alguien prestarme un pañuelo o un niño?».
Con estas palabras comenzaba la lección, que consistía en que el niño imitara todos los movimientos que el mago hacía con el pañuelo para que acabara convirtiéndose en un limón. Al pelar la fruta «–yo no puedo consentir que te limpies la nariz con un limón–» aparecía el pañuelo prestado.
En una función navideña que ofreció en Manchester, en 1919, mientras enseñaba al voluntario a cultivar cítricos en pañuelos, el niño comenzó a agitar sus brazos, sin entender Devant por qué lo hacía. De pronto descubrió en sus propias manos el mismo movimiento tembloroso. Aquella fue la señal de que padecía una parálisis nerviosa que le retiró de los teatros.
En 1941, en el Hospital Real de Putney, David Devant murió. Su enfermedad era incurable, su sentido del humor, también.