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Le Roy, Talma y Bosco (Le Roy, Talma & Bosco)

caricatura Le Roy, Talma y Bosco (Le Roy, Talma & Bosco)
Le Roy, Talma y Bosco (Le Roy, Talma & Bosco) El Capitán Henry Hill era un verdadero desastre como prestidigitador. Los pocos peniques que ganaba en las ferias por las que deambulaba a bordo de un carromato cochambroso, los invertía en la taberna que le pillaba más a mano, y como la melopea solía durarle hasta la actuación del día siguiente, el hombre no daba un truco a derechas.
Su ayudante, Sevais Le Roy, había salido muy joven de Bélgica, donde había nacido en 1865, con destino a Inglaterra, pero al llegar, y a falta de otra cosa, se enroló con su hermano en la tripulación del tambaleante Capitán.
Llegó el día en que los hermanos Le Roy se cansaron de ver cómo su mísero sueldo engordaba las huchas de los taberneros y llegaron a un acuerdo con su jefe, que les cedió, en pago de sus deudas, todo su equipo de ilusionista.
Con sus nuevos aparatos mágicos se lanzó Servais a presentar él su propio espectáculo, con tanta fortuna que algunos años después fue contratado por el «Royal Aquarium» de Londres.
Allí coincidió con la espectacular prestidigitadora Mercedes Talma, que en realidad se llamaba Mary Ford, y de pronto, como salido de sus mangas surgió el amor. Servais veía a Mercedes como la mujer perfecta, y además, como estaba especializada en la manipulación de monedas, le compensaba de los años de descontrol monetario vividos con el Capitán Hill.
Un buen día, un empresario teatral quizo unir a tres magos en un espectáculo y pensó en Le Roy para realizar la prestidigitación, en Powell para que se encargase del mentalismo y en Fox para que diera al asunto un toque mágico burlesco. «La gran triple alianza Le Roy-Fox- Powell», también conocida como «Los tres reyes coronados del mundo místico» resultó una idea brillante y durante un buen tiempo el grupo estuvo abriendo los más importantes telones de Gran Bretaña.
Cuando el grupo se disolvió, Le Roy quiso formar su propio trío y se acordó de un gordinflón y alocado saltimbanqui de music-hall llamado León Bosco, que sería idóneo para dar un contrapunto cómico a su elegante personaje.
Mientras pensaba en el proyecto sin poder pegar ojo, encontró en la cama al tercer miembro del equipo.
Le Roy, Talma y Bosco, de apellido «Los comediantes de Mephisto», recorrieron media Europa, América del Norte y del Sur, Australia y Sudáfrica con uno de los espectáculos más increíbles y desternillantes que recuerdan los libros.
Combinaban números de alto copete con otros que parecían salidos de una película de Speedy González, de tan surrealistas y frenéticos. Entre estos, el que conseguía que un mayor número de espectadores acabara revolcándose por el suelo era uno ambientado en la granja de Bosco. Le Roy hacía aparecer, de no se sabe dónde, gansos, patos, pollos, conejos y demás animalillos, que emprendían una descabellada carrera de velocidad por el escenario para desesperación del pobre granjero, que rodaba por los suelos cuando pretendía atraparlos. Cuando al fin lo conseguía, los bichos se esfumaban y volvían a aparecer, multiplicados.
Por si fuera poco, un pato blanco y otro negro intercambiaban sus cabezas como quien cambia cromos. Las carcajadas hacían retumbar las paredes del teatro cuando Bosco intentaba incrustar la cabeza de un pato a un gallo y viceversa.
Otra de las sensaciones de su espectáculo llevaba el nombre de las tres gracias, y para realizarlo, Le Roy entraba en un ropero y se vestía con tres prendas, bajo las cuales parecía materializarse una figura que avanzaba hacia el público. A la orden de «¡apareced!», las ropas caían y podían contemplarse tres macizas damas representando a las tres Gracias griegas.
En «El visitante volador», Servais Le Roy, disfrazado de demonio, desaparecía de un armario para aparecer en otro, mientras una señorita sin prejuicios le perseguía en vano. Finalmente el mago aparecía en el pasillo del teatro, entre exclamaciones de «¡Oh!».
Cuando Bosco abandonó el grupo, seguramente cansado de perseguir conejos, Le Roy y Talma contrataron, uno tras otro, a multitud de magos para representar el papel del cómico.
El más famoso de ellos fue el Dr. Elliot, que tuvo que afeitarse el cráneo, rellenarse la ropa para simular una frondosa panza y dejarse la perilla. Elliot había abandonado la medicina para dedicarse a la cartomagia, disciplina de la que se decía campeón mundial, y seguramente tuviera razón en su fanfarronada, porque había lanzado un reto a quien pudiera igualarle y había inventado la técnica del back and front, de gran utilidad para esconder una carta en una mano, mostrando el dorso y la palma vacíos.
En 1930, Servais Le Roy fue atropellado por un coche y tuvo que abandonar sus actuaciones. Diez años más tarde intentó revivir los éxitos de su juventud, pero el accidente, la edad y la falta de práctica se lo impidieron.
Desconsolado, destruyó sus aparatos de magia y dio el portazo definitivo a su carrera. Cuatro años más tarde se le moría Talma y el pobre hombre se enclaustraba en su casa de New Jersey, donde esperó el día en que pudiera acompañarla, lo que sucedió cuando tenía ochenta y ocho años.