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Magos y curiosidades

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Thurston

caricatura Thurston
Thurston Todos los niños son un poco magos. Cuando un adulto se encuentra un tapón, busca el bote al que corresponde, pero cuando lo encuentra un niño, lo convierte en un galeón pirata y le coloca dentro un garbanzo, para que sea el capitán Garfio.
Quizás por eso los niños que asisten a un espectáculo de magia quieren, cuando crezcan, ser ilusionistas. Esto le pasó al pequeño Harry Thurston en 1876, cuando tenía siete años, al presenciar en el teatro una función del Gran Hermann. Horas más tarde pudo recuperar el habla, y fue para decirse que él también sería mago. Casi todos los niños siguen conformándose con montar garbanzos en tapones, que no es poco, pero Harry se imaginaba él mismo navegando por el mundo, con una chistera encantada para conquistarlo.
Entretanto llegaba el día de su debut, tuvo que entretenerse vendiendo periódicos en los trenes y programas en los hipódromos, lo que le facilitó viajar por todo el Medio Oeste americano y conocer a la fauna de las ferias ambulantes, magos medianejos incluidos que, bien por que les pillaba los trucos, bien porque se los revelaban en secreto, le propiciaron un montón de tretas para su repertorio de ilusiones.
La mamá de Thurston no veía con buenos ojos las andanzas de su hijo y le convenció de que se hiciera médico misionero y se dejara de zarandajas, así que el muchacho tomó resignado el tren hacia Filadelfia, donde debía emprender los estudios de medicina.
Pero una serie de casualidades se encargaron de que hubiera un galeno menos en Estados Unidos.
Sucedió que el tren hizo una parada en Albany y, al asomarse por la ventanilla, Harry contempló en la pared de la estación un cartel de Alex Hermann, el mago que le sacudió su cacumen un día de su infancia. De un brinco se bajó al andén. Ya seguiría el viaje después de disfrutar con su ídolo, se dijo.
Al día siguiente, aún impresionado por la función, volvió a la estación y pidió un billete para Filadelfia, pero el que le dio el taquillero por error tenía por destino Syracuse, justo donde se dirigía, como pudo observar, Hermann y su cuadrilla. Demasiadas coincidencias como para no pensar que el destino estaba buscando un nuevo prestidigitador.
Thurston acabó compartiendo tren con el Gran Hermann hacia Syracuse, para mayor congoja de la Sra. Thurston.
La carrera del nuevo artista no comenzó de forma envidiable. Sus escenarios fueron los salones del oeste americano, su público, cowboys que lanzaban eructos con olor a güisqui, tahúres capaces de jugarse los dientes de oro y pistoleros de esos que disparaban y escupían tabaco al mismo tiempo.
Entonces su especialidad consistía en dar órdenes a las cartas de la baraja, que ascendían solas y se quedaban flotando, tan campantes. Más de un maleante se tragó el tabaco en vez de escupirlo, de la impresión.
Después de una temporada en el circo pudo debutar por fin en el teatro ante un auditorio algo más civilizado. En el Alcázar dejó estupefactísimo a León Hermann, sobrino de aquel que le hizo ser mago, y a otros miles de espectadores, de forma que empezó a hacerse tan popular que un buen día le llegó un contrato para actuar en Gran Bretaña.
Los críticos londinenses se quitaron el bombín ante los números de Thurston pero el mago todavía no había alcanzado su meta. Él aspiraba a lograr la magia descomunal, a dejar a sus espectadores tan asombrados como si hubieran visto el Támesis repleto de ballenas blancas.
Para lograrlo no dudó en cancelar sus compromisos e invertir todo su capital en idear sensaciones gordas.
Así anduvo nueve meses, tras los cuales dio a luz un espectáculo en el que una estatua era transformada en mujer de carne y hueso, el propio Thurston volaba por encima de la orquesta, veintiún personas salían de una caseta de baños que tenía el espacio justo para albergar sólo a una, y hacía desaparecer desde un pianista, con piano y todo, hasta un automóvil con ocupantes y sin trampilla en el suelo, pasando por un caballo y su amazona que se desvanecían en el aire y por una joven que se esfumaba de una jaula colgada en el techo.
Con ser brutales, estas ilusiones no consiguieron hacer sombra a su más celebrado número, el de la levitación de la Princesa Karnac, en el que una dama era tapada con un velo y emprendía el vuelo por el teatro antes de desaparecer en el aire como si de un espejismo se tratara.
Entenderán ahora que la fama de Thurston se extendiera por el planeta. Viajó por toda la geografía terráquea con cuarenta ayudantes y tres vagones llenos de su tinglado artístico, vanagloriándose de haber ganado, tan sólo de 1916 a 1920, un millón de dólares.
La publicidad que desplegaba allí donde llegaba era tan inmensa que, tras comprobar que los gigantescos carteles que le anunciaban habían quedado anticuados, por parecer en su retrato más joven de lo que en realidad era, decidió hacerse la cirugía estética y quitarse unos añitos de encima, en lugar de reimprimir la cartelería. Era tal el tamaño de los anuncios que le resultaba más económico cambiarse él que cambiar los carteles.
Cuando el gran Kellar se retiró, le impuso, como ya saben, el manto de la magia que le acreditaba como el mejor mago del mundo, y así estuvo considerado hasta su muerte, ocurrida a los sesenta y seis años. Por ahora, hasta los magos se mueren.