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Houdini

caricatura Houdini
Houdini Ocurrió lo que me estaba temiendo, la caricatura de este mago se ha escapado de la página. Nada extraño tratándose del Gran Houdini, el hombre que abría los grilletes como si tuvieran cremallera.
Erich Weiss, que ése era su nombre de paisano, nació en Budapest en 1874, pero antes de dejar la teta, ya se encontraba toda su familia instalada en Appleton,Wisconsin.
Allí pasó una infancia pobre, su padre era un rabino que, como no tenía donde trabajar, no pudo comprarle a sus hijos juguetes.
Parece que a Erich no le importaba demasiado; él jugaba con la chatarra que nadie quería y parecía feliz entre herraduras dobladas, hojalatas abolladas y, sobre todo, cerraduras viejas, a las que destripaba una y otra vez para analizarle el mecanismo.
Muy joven aprendió algunas acrobacias y algunos juegos de magia que le enseñó un ilusionista ambulante, los suficientes para ganar amigos y admiradores entre los niños de Appelton.
Erich tuvo que ponerse a trabajar, y no encontró otro sitio mejor que una cerrajería. Luego pasó un circo, y ése sí era un sitio mejor que una cerrajería, así que se enroló y se dedicó una temporada a contorsionarse y a dar volatines. Aquello poco ayudó a las inexistentes finanzas de los Weiss, de manera que el rabino reunió a su familia y se fue a probar suerte a Nueva York. Erich se encontraba trabajando como aprendiz en una sastrería de corbatas, cuando se cruzó un libro en su camino, «Confidencias de un prestidigitador», de Robert Houdin, que leyó de un tirón y que le obsesionó con la idea de convertirse en un ilusionista tan grande como el autor.
Otro corbatero de su fábrica, Jack Hayman, que era también aficionado al truco, se unió a él para formar una sociedad artística y le sugirió que añadiera una «i» al apellido del francés, de manera que Erich pasó a llamarse Harry Houdini. La pareja no conseguía buenos contratos ni por arte de magia, así que Jack se lo pensó y se largó de vuelta con las corbatas. Le sustituyó primero Joe, hermano de Jack y más tarde Theodore, hermano de Harry, sin que el negocio saliera adelante. Y eso que los hermanos Houdini tenían su aquél, sobre todo practicando la metamorfosis, cuando Theodore metía a Harry atado en un saco y en un baúl cerrado con llave y en pocos segundos, detrás de una cortina, se cambiaban los papeles, Harry libre y su hermano, encerrado.
Como el negocio no avanzaba, Harry decidió enrolarse en una compañía itinerante de variedades, la de los tres Keaton, que practicaban una suerte de comedia salvaje. Mientras Papá Keaton arrojaba a su hijo –de no más de seis años– contra las paredes, le zarandeaba por los aires y le arreaba patadas de todos los calibres, Mamá Keaton tocaba el saxofón. Casi nadie conocía el verdadero nombre del niño, al que anunciaban como «la bayeta humana»; todos le llamaban Buster desde que, a los seis meses se diera un golpe morrocotudo y Houdini exclamara «Wath a buster!», traducido, «¡Vaya un porrazo!». De esos años le quedaron a Buster Keaton varios chichones y una gran afición por los trucos con cartas, la especialidad a la que entonces se dedicaba nuestro mago.
Cuando se separó de los Keaton, ya casado con Bessie, emprendió una gira por Estados Unidos y Canadá, gracias a la cual ganó muchos conocimientos de geografía norteamericana, pero escasos dólares. Al llegar a Saint Paul, Minnesota, la carrera de Houdini estaba a punto de despegar hacia la leyenda. Durante una actuación, presumió de poder liberarse de cualquier atadura, fuera del tipo que fuera. El agente artístico Martin Beck, que se encontraba viendo la función, olió el negocio, se hizo con unas esposas y visitó al mago para comprobar si era capaz de quitárselas.
Siendo muy joven, Houdini había conocido a un escapista australiano que le confió algunos secretos sobre las fugas, los justos para convertirse en un erudito en el asunto dada su antigua intimidad con la cerrajería, de manera que en menos que canta un gallo ya se había despojado de las esposas de Beck, que inmediatamente le puso un papel y una pluma para que firmara un contrato, con la condición de que debía dedicarse por entero al escapismo, que magos había ya demasiados en su agencia.
Fue entonces cuando empezó la sensacional historia de Houdini, el hombre al que sólo pudo retener su propio cuerpo. Cuando Beck le enviaba a alguna ciudad, lo primero que hacía Harry, un genio de la publicidad, era visitar la comisaría y jactarse ante los policías de poder evadirse de sus celdas.
Con tal de darle un escarmiento al presuntuoso retador, solían aceptar el desafío, convencidos de su fracaso, pero siempre conseguía salir del encierro, quedando más libre que un tucán amazónico. En Omaha, a los policías casi se les derritió el casco en la cabeza de tanto pensar cómo rayos pudo haberse liberado de cinco pares de esposas y unos grilletes. En San Francisco se quitó diez pares de esposas y una camisa de fuerza, que a punto estuvo de ser aprovechada por algún poli, que casi enloqueció al contemplar aquello.
Estas hazañas eran ampliamente recogidas en la prensa local, lo que provocaba llenos en los teatros, discusiones en las tabernas y rumores de todo tipo.
Entonces Houdini quiso dar el salto definitivo que le convertiría en un mito y se largó a Londres, concretamente a la comisaría de Scotland Yard, donde tras mucho insistir, logró que el superintendente Melville le atrapara las manos con el último grito en esposas y le encerrara en un calabozo. El susto que se llevó el superintendente cuando a los pocos minutos descubrió al preso a su lado, marcó un hito en la historia de los sustos ingleses. Los voceadores de prensa se desgañitaron gritando la noticia: «¡Extra, extra, un mago se burla de Scotland Yard!» y cosas por el estilo.
El caso es que Houdini se hizo famoso y se pudo permitir cobrar mil ochocientos dólares a la semana, con sesiones de día y noche.
Cuando ya se había liberado de cuerdas, grilletes, candados, camisas de fuerza, jaulas, cajones y cepos, se vio obligado a realizar experimentos aún más inverosímiles, en los que llegaba incluso a arriesgar su propia existencia. Echemos un vistazo al curriculum vitae más prodigioso de la historia del artisteo.
En Enero de 1906, en la prisión de Washington, fue encadenado y atado al banquillo de la misma celda de seguridad que había albergado a Guiteau, el asesino del presidente Garfield. Una hora más tarde ya estaba en el despacho del director, que no podía creer que Houdini, además de haberse fugado de allí como quien sale de un ascensor, hubiera cambiado a los reclusos de celda.
Ese mismo año se le ocurrió saltar desde el puente de Belle Isle y zambullirse, doblemente esposado, en las gélidas aguas del río Detroit, de las que emergió tiritando cuando los espectadores ya le creían congeladísimo.
También salió a flote en el Támesis, donde tardó tres minutos en quitarse las esposas, en el East de Nueva York, donde fue arrojado convenientemente maniatado dentro de una hermética caja de madera que habían adornado con noventa kilos de plomo, y en el Yarra, donde veinte mil australianos contemplaron con un nudo en la garganta cómo salía de las aguas, tal que Venus en el cuadro de Botticelli, igual de deslumbrante.
Fue un paso más lejos cuando decidió escaparse de los sitios, no ya abriendo cerraduras, sino directamente atravesando las paredes, como los fantasmas.
Se colocaba Houdini dentro de un biombo a un lado de un muro de treinta centímetros de espesor, y al rato aparecía en otro biombo, en el lado opuesto. El Conde de Montecristo, a su lado, era un párvulo de las fugas.
Trece minutos tardó en soltarse de la boca de un cañón en el que le habían amarrado. De haber tardado siete minutos más, la explosión le hubiera convertido en un puzzle de mago.
Se entretenía igualmente haciéndose colgar por los pies de los rascacielos embutido en una camisa de fuerza, encadenándose a las vías del tren, zambulléndose dentro de batidoras gigantes de leche…
Aunque, seguramente, la más espectacular de sus evasiones era la que llevaba a cabo en la llamada cámara de tortura china del agua, un recipiente de cristal en el que introducían a Houdini boca abajo, con sus pies atrapados por cepos. Se cerraba la urna con llave y se tapaba todo con unas cortinas para que nadie supiera cómo diantres se escabullía el artista.
Supongo que a estas alturas, ya no le impresionará al lector saber que el Gran Houdini batió el récord de vuelo personal sobre un biplano y que superó la plusmarca de permanencia bajo el agua dentro de un ataúd, que ostentaba el egipcio Raman Ver, hasta que llegó nuestro mago y se quedó encerrado noventa minutos.
A pesar de rozar en numerosas ocasiones la muerte, o precisamente por eso, el más allá obsesionaba mucho al fugista, que intentó por todos los medios ponerse en contacto con su madre cuando ésta falleció. Los mediums a los que acudió fracasaron en el intento y abrieron los ojos del desamparado hijo, que desde entonces se dedicó a perseguir a los charlatanes espiritistas que engañaban a los inocentones.
Llegó a ofrecer diez mil dólares a quien pudiera exhibir un fenómeno paranormal que él no pudiera repetir valiéndose de su repertorio de ilusionista. Incluso se creó un comité de expertos, para dilucidar si los candidatos, a cuál más estrambótico, merecían la recompensa. El que más cerca estuvo de llevarse el dinero fue Nino Pecoraro, que engañó incluso a Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes, que formaba parte del comité. Pecoraro repetía el truco de los Davenport, entrando atado a un armario del que colgaban instrumentos musicales que, una vez cerrada la puerta, comenzaban a sonar, supuestamente gracias a la intervención de un espíritu. Houdini abrió los crédulos ojos del comité cuando ató a Pecoraro con hilo de pescar y el fantasma no tocó ni un do-re-mi.
A pesar de todo, Houdini seguía creyendo que la comunicación entre los vivos y los muertos era posible. Para demostrarlo llegó a un trato con su amigo, el gran mentalista Dunninger, por el cual, el primero en llegar al otro barrio debería visitar al superviviente. Lamentablemente Houdini, que murió antes, no tuvo el detalle de presentarse ante su colega, qué le vamos a hacer…
En 1926 Houdini ya había retomado el ilusionismo, y combinaba en sus espectáculos las fugas con números como el de la metamorfósis. Tras una de sus actuaciones subieron a felicitarle al camerino unos estudiantes, que días antes habían asistido a una de las conferencias del mago, en la que había presumido de ser capaz de dominar sus músculos hasta el punto de poder soportar en su cuerpo cualquier golpe.
Uno de los estudiantes, que además era boxeador, quiso comprobarlo él mismo y, sin dar tiempo a que Houdini preparara su musculatura, le arreó un puñetazo en el estómago que le hizo retorcer de dolor. Cuando se repuso, Houdini puso sus tripas en condiciones para recibir otro golpe y animó al púgil a golpearle de nuevo. El segundo porrazo lo encajó bien, pero el estropicio en sus vísceras ya estaba hecho. Dos días después de aquello, actuando pese al dolor que sentía, cayó fulminado sobre las tablas de un teatro de Detroit. Los médicos del hospital descubrieron su apéndice destrozado.
Una semana después murió el mítico Houdini. A los productores de Hollywood no les pareció que esta muerte estuviera a la altura de la leyenda, y le dijeron a Tony Curtis, el actor que encarnó en la película al más famoso mago de todos los tiempos, que falleciera
de manera más romántica. Allá ellos.
Durante su entierro, el empresario teatral Ziegfeld, que portaba el ataúd sentenció una frase que sirve por todo este capítulo: «Apuesto que ya no está aquí».