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Los Hermann (The Herrmanns)

caricatura Los Hermann (The Herrmanns)
Los Hermann (The Herrmanns) El enfado del Dr. Samuel Hermann fue de los que hacen época. Compars, el primogénito de sus ocho hijos, le había confesado que abandonaba los estudios, que no pensaba aumentar el número de miembros del Colegio de Médicos de Hannover y que su intención era la de convertirse en un gran ilusionista. El propio doctor había hecho sus pinitos como mago, e incluso durante algún tiempo anduvo de gira como profesional pero, quizás por conocer la dureza de la vida del artista, había diseñado para Compars un futuro más seguro, rodeado de jarabes y cataplasmas y le había enviado a la Universidad de París.
Pero Compars, que de niño había jugado con los artilugios trucados de su señor padre, no estaba dispuesto a cambiar los naipes por las recetas, así que cuando recibió el ultimátum de coger el vademécum o coger la puerta de casa para no volver, optó por lo segundo y se marchó por esos mundos de Dios con poco más que una baraja en la maleta.
Para empezar su carrera artística se unió a una compañía de teatro mientras perfeccionaba sus técnicas como prestidigitador y aprendía los fundamentos de la ventriloquía y de la imitación de pájaros cantarines. Diez años después de haber salido del hogar paterno, Compars había ahorrado lo suficiente como para poder adquirir sus propios aparatos mágicos y debutar en solitario. Dos años más tarde, en 1848, se presentaba en Inglaterra, donde tuvo un éxito sólo comparable al de la flota corsaria de las islas abatiendo galeones españoles. Había comenzado una carrera imparable hacia el éxito, que él quiso acelerar titulándose a sí mismo «el primer profesor de magia del mundo». Años después su padre recapacitó, ya que no le parecía sensato que, mientras a su hijo le acogían en sus palacios el Sultán de Turquía y el Emperador de Austria, él no quisiera recibirle en su casa, de forma que la paz se hizo en Villa Hermann.
Quizás se lo hubiera pensado mejor el doctor de haber sabido lo que iba a suceder poco después con otro de sus vástagos, Alexander. Había nacido en París en 1844, y tenía tan sólo diez años cuando su hermano Compars se lo llevó a Rusia en calidad de ayudante. Imagínense el estupor de su señor padre cuando se enteró de la terrible noticia.
Cinco años más tarde, Alexander se presentaba en solitario ante la Corte de España, y tres después ambos hermanos se anunciaban juntos y se disponían a comerse el mundo a medias. Durante algún tiempo estuvieron ocupados en esa tarea, pero una vez conseguida, decidieron hacer la digestión por separado. Compars se quedó en Europa, dedicado a la magia sin grandes estridencias y Alex, más interesado por la espectacularidad, fijó su residencia en América, se nacionalizó estadounidense, se hizo llamar «Hermann el Grande» y se inventó un lema que avisaba de su destreza : «Cuanto más se mira, menos se ve». A los treinta y un años, Alex conoció a la señorita Adelaide Scarcez, una bella danzarina londinense.
Surgió el amor y él le declaró su interés en quemarla viva y en cortarle la cabeza de un tajo. Ella aceptó con una lagrimilla de felicidad y al poco tiempo se casaron. Efectivamente, Adelaide se convirtió en su más fiel colaboradora en números como el de la cremación, en el que ella salía de las llamas sin rastro de chamusquina y el de la decapitación, en el que la cabeza cortada de la partenaire charlaba amigablemente con su marido. Además de estas simpáticas experiencias, el mago la hacía elevarse por los aires y lograba que se esfumase a través de un espejo, entre otras operaciones difícilmente explicables. Eso sin contar las travesuras prestidigitadoras que Hermann llevaba a cabo en su vida cotidiana, y que consistía en extraerle fajos de billetes de la barba a Grant, presidente de los Estados Unidos, conseguir en un restaurante que la copa de un comensal desapareciera de sus narices para reaparecer en el bolsillo de otro caballero o burlarse del dependiente de un colmado, al que demostraba que dentro de los huevos que vendía había monedas de un dólar.
Alexander y Adelaida se hicieron millonarios. Podían llegar a ganar hasta cien mil dólares al año y eran dueños de un yate, al que llamaron «Fray Diavolo» y de un histórico vagón de ferrocarril, que había pertenecido a la célebre cantante Lily Langtry, la cabaretera que enamoró a Roy Bean, el singular juez del legendario Oeste que dictaba sentencias inverosímiles desde su salón y cuya vida ha sido tantas veces llevada al cine. Entretanto, Compars, el mayor de los Hermann, seguía aumentando su colección de europeos asombrados, uno de los cuales, el compositor Strauss, compuso una polka en su honor.
Carl murió a los setenta y un años, en 1887 pero la cuota de Hermanns en el campo de la magia no disminuyó, porque entonces le relevó en su espectáculo su sobrino León. Nueve años después de la muerte de Compars, enfermó irreversiblemente Alex, que como última voluntad pidió a la que había sido su compinche durante doce años que siguiera sola con el negocio.
Adelaida, a pesar de haber perdido tantas veces la cabeza en la escena, la conservaba en perfectas condiciones mentales y se hizo cargo de la compañía.
En 1899, junto con William Robinson, un peculiar individuo que conocerán unas páginas más adelante, antiguo ayudante de su difunto esposo, preparó el que se considera el primer espectáculo de magia musical de la historia, con el que se presentó en Nueva York.
«Una noche en el Japón», que así se llamaba la producción, viajó por los circuitos de variedades de Europa y fue tan aplaudida por los alocados personajes de los cuadros de Tolouse-Lautrec, en el Folies Bergére del París la nuit como por los atildados londinenses visitantes del Hipódromo que limpiaban con fruición sus monóculos para comprobar que era cierto aquello que contemplaban.
«La reina de la magia», que también había aprendido de «El Gran Hermann» algo de vanidad para calificarse a si misma, estuvo diecinueve años quitándose y poniéndose la cabeza, transformándose en Cleopatra y en maga de la China, haciendo aparecer fantasmas a través del Arte negro y realizando juegos para grupos más reducidos, utilizando sólo la magia que cabía en sus manos.
Luego sentó su ajetreada cabeza y se asentó en el parque de atracciones de Coney Island de Nueva York, donde instaló el llamado Palacio del Misterio, gobernando desde allá el Reino del Revés donde nada el pájaro y vuela el pez.
A los setenta y nueve años murió Adelaida Hermann y las cosas, desgraciadamente volvieron a su sitio.