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Ching Ling-Foo

caricatura Ching Ling-Foo
Ching Ling-Foo Si en el capítulo anterior hemos conocido al falso chino Chung Ling Soo, éste está protagonizado por un chino genuino, Ching Ling Foo.
Chung y Ching van siempre juntos en los libros de historia de la magia, y no sólo por el orden alfabético.
Sin Ching probablemente no existiría Chung. Ahora lo veremos, pero antes les presento al más famoso mago de Oriente. Aquí, unos lectores, aquí, Ching Ling Foo.
Hechas las presentaciones, retrocedamos al Pekín de 1854, donde vino al mundo Chee Ling Qua. Unos años más tardes se unió como aprendiz a una troupe de artistas de circo ambulantes con los que empezó a curiosear en lo maravilloso.
Con el paso del tiempo se sintió capaz de hablar de tú a los geniecillos chinos y a domesticar dragones de colores, así que decidió independizarse, y se hizo llamar Ching Ling Foo. Su fama llegó a las augustas orejas de la emperatriz, que le ordenó que demostrara sus prodigios ante ella.
El pasmo fue general en la Ciudad Prohibida y Ching fue nombrado mago de la corte de la China. En 1898 Ching Ling Foo cruzó la muralla y llegó al «Keiths Theatre» de Nueva York.
Su visita a la Gran Manzana causó una sensación comparable a la que produjo la llegada de King Kong y los magos americanos quedaron tan petrificados como la estatua de la Libertad ante las ilusiones de la China, nunca antes vistas por aquellos parajes.
Donde no había nada aparecían, tras el revoloteo de un amplio pañuelo, tres platos llenos de nueces inglesas, pasteles de chocolate y fresas glaseadas, y de su boca salían nubes de humo, bolas de fuego, torrentes de cintas y una enorme barra de colores. Pero lo que dejó patitiesos a los neoyorquinos fue la aparición de una vasija llena de agua, con peces y todo, tras la cual asomaba un niño.
Además de ser un gran mago, Ching Ling Foo era un gran vanidoso, y no tuvo reparos en retar a cualquier mago americano a repetir el juego de la vasija de agua. A quien pudiera conseguirlo le recompensaría con mil dólares.
El tiro le salió por la culata, ya que tres magos, tres, aceptaron el desafío. Ni más ni menos Carter, Sigmun Nenberger, que sería luego El Gran Lafayette, y nuestro amigo William E. Robison, el de hace un capítulo.
Ante el panorama, Ching echó marcha a tras y no soltó ni un centavo.
Tanto Carter como Nenberger aprovecharon para incorporar a su espectáculo el número de la vasija, pero Robison se lo tomó más a pecho y decidió convertirse en el primer falso chino de la historia de la magia, Chung Ling Soo, vengándose así del chino verídico, que tuvo que compartir el papel de mago de los países remotos. Ching y Chung, el retador fantoche y el retado escarmentado, siguieron con sus tirrias dale que te pego.
En 1905, el chino fue contratado por el «Empire Theatre» de Londres y se le puso la coleta de punta cuando supo que en el hipódromo de la ciudad actuaba durante las mismas fechas su enemigo.

Entonces Ching volvió a desafiar a Chung, con varitas mágicas como armas.
El chino fingido aceptó sin dudarlo. Ahora le daría su merecido al bocazas ése que le había engañado unos años antes; le convertiría en cucaracha o en quisquilla y así le dejaría para el resto de sus días.
Lo único que buscaba Ching Ling Foo era un poco de publicidad, y de nuevo le dio plantón, con la excusa de que solamente aceptaría enfrentarse a Chung Ling Soo cuando éste demostrara ser un verdadero chino.
El resto de la historia de Chung ya la conocen. En cuanto a Ching, se acaban las noticias sobre él y ya no sé que más contarles, salvo que quizás le pillara desprevenido su adversario y con un encantamiento le hiciera desaparecer �para siempre.