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Fu-Manchú

caricatura Fu-Manchú
Fu-Manchú David Bamberg llevaba en sus venas la sangre holandesa mezclada con los polvos mágicos de seis o siete generaciones de ilusionistas, así que al nacer, el médico debió de decirle a su madre: «Enhorabuena, ha tenido usted un mago».
Eso ocurrió en Derby, Inglaterra, en 1904. Muy niño se fue con su familia a USA, donde Okito, su padre, tenía un taller en el que pasaba las horas creando milagrerías, entre jarrones productores de fuego y gallinas desorientadas por lluvias de confeti. El pequeño tenía prohibido adentrarse en aquel lugar donde las cosas eran al revés, pero eso era como prohibir a un astronauta que mirara por la ventanilla del cohete, de manera que, cuando Okito se ausentaba, David se colaba en el paraíso paterno, como era su obligación de niño. Poco a poco fue consiguiendo que Okito le fuera encomendando algunos trabajillos, como forrar las varitas o dar de comer a los patos.
La carrera profesional de David, que empezó llamándose «El Gran Syko», no empezó de forma triunfal, precisamente. Después de recorrer el circuito teatral más deplorable de la geografía terrestre, regresó a Nueva York, con un capital que ascendía, mejor diremos descendía, a cuarenta dólares. Se hospedó en un habitáculo de una pensión que costaba tres dólares a la semana, por lo que decidió que su menú diario se compondría de una sopa de verdura, valorado en diez céntimos, con derecho a pan y a mantequilla. Doce dólares se le fueron en comprar un frac de sexta mano al que tuvo que pegar dos flores que disimularan los desperfectos textiles de aquella prenda cochambrosa.
Los agentes teatrales no reparaban en su presencia por más que insistiera el muchacho, al que sus ahorros apenas le alcanzaban para un par de platos más de sopa, con derecho a pan y mantequilla.
De pronto cambió la suerte mientras esperaba en la antesala del despacho de un agente. Un supuesto artista de variedades abrió la puerta del jefe y salió de allí vociferando. Finnegan, que así se llamaba el representante, mando llamar a David y le preguntó qué sabía hacer para sustituir a aquel tipo. Nuestro protagonista dijo ser mago y ombrómano. Los magos no le interesaban, su agencia los tenía a porrillo, pero cuando se enteró de que los ombrómanos crean sombras de figuras con sus manos, aunque afirmó que le parecía «una mierda», le ofreció un contrato. La actuación fue un éxito y David pudo comprarse un frac nuevo y comer filetes.
David era aficionado a leer las aventuras de su héroe favorito, el misterioso Fu-Manchú que creara Sax Rohmer. Cuando decidió convertirse en mago de la China y crear su propio número, tomó prestado el nombre al mago de sus lecturas y, anunciándose como Fu-Manchú, bajo el lema «extraño, pero cierto», comenzó a recorrer triunfante la geografía de Méjico, Argentina y otros países latinoamericanos.
Harto de subir y bajar montañas con su equipo a cuestas por caminos sembrados de pedruscos, como era casi más difícil pasar de un país a otro limítrofe que cruzar el Atlántico, se decidió por viajar a España.
Cuando zarpó el buque Alcántara, en 1932, Fu-Manchú no tenía ni un mísero contrato teatral ni un representante que se los consiguiera. Al llegar al puerto de Vigo, el chino fingido, despistado como sólo un chino auténtico puede encontrarse en Galicia, empezó a buscar trabajo.
Las condiciones de su primer contrato no eran muy envidiables: tres días en un pequeño teatro, comenzando un martes y trece y siendo anunciado en unos carteles con fondo de fatídico color amarillo.
Pese a los presagios, el poco público que asistió a aquel debut no olvidaría jamás lo que vieron. Luego partió hacia Barcelona, al Apolo ni más ni menos, donde pronto la única sesión diaria se convirtió en doble y en triple los domingos, con la sala a rebosar. «¡El mejor espectáculo de magia visto en España!», clamaban en grandes titulares los periódicos. Para el golpe definitivo en su conquista, le faltaba poner patas arriba la capital, así que se tomó tres meses de vacaciones para inventar nuevos efectos y se presentó en el madrileño teatro de «La Zarzuela» con números como los que siguen:
La cabina de luz, consistía en una gran caja con paredes de papel blanco, en cuyo interior sólo había una bombilla. El mago proyectaba sombras chinescas varias en la caja, incluida la sombra de una mujer, que de pronto rasgaba el papel y salía con su carne y con sus huesos al escenario. A la muchacha, ya que estaba allí, la partía en tres trozos y separaba el del medio.
Aunque cuando más brillaba el genio de Fu-Manchú era en la magia humorística, que desarrollaba en sketches tan surrealistas como el de «El teatro al revés», en el que simulaba actuar ante un público pintado en el decorado, dando la espalda al público real. Portaba junto a un asistente una gran tela, tras la que se ocultaba un individuo dispuesto a realizar una mágica aparición. El público real se sentía compinche del ilusionista al creer contemplar la trampa del asunto, pero cuando el escondido era envuelto en la tela, quien aparecía ante el estupor general, era una dama, y del otro no quedaba ni el rastro.
En otra de sus comedietas, una bella muchacha entraba en una cabina de ducha, que dejaba ver al trasluz cómo su silueta se desnudaba. Llegaba entonces Fu- Manchú con cara de pillín y abría la cortina, pero quien estaba ahora en la cabina era un señor con enormes bigotes, en traje de baño. El hombre que discutía desde un palco y caía al suelo convertido en maniquí y El bazar mágico, en el que los disparates se sucedían como en una de los Marx, eran otras de sus actuaciones más aplaudidas.
Famosísimo en los países de habla hispana, el cine le fichó como protagonista de algunas películas de títulos tan enigmáticos como «La mujer sin cabeza», «El As negro» o «El espectro de la novia».
En 1966 ofreció su última representación pública, aunque siguió aturdiendo el entendimiento de sus amigos desde su tienda de magia de Buenos Aires, la ciudad en que residió hasta que desapareció para siempre, en 1974.
Con Fu-Manchú se extinguió la saga de los Bamberg, una familia de la que uno hubiera querido ser, al menos, cuñado.