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David Copperfield

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David Copperfield El 28 de octubre de 1886, después de mil vicisitudes, pudo inaugurarse en el puerto de Nueva York «La libertad iluminando al mundo», para los amigos «La estatua de la libertad», una inmensa mole de piedra de cuarenta y seis metros que alcanza los noventa y uno si contamos el pedestal.

La estatua, obra de Bartholdi, fue un regalo de Francia a los Estados Unidos para celebrar la alianza de la Guerra de la Independencia, y tuvo que ser transportada en trozos y a duras penas a través del Atlántico, incluido el faraónico armazón de hierro que construyó Eiffel para mantener debidamente tiesa la escultura.

Si a cualquiera de los que intervinieron en la penosa operación de levantarla le hubieran asegurado que un solo hombre la haría desaparecer y la volvería a colocar en su sitio en cuestión de segundos, hubiese preguntado en el psiquiátrico más cercano si se había escapado algún interno.

Sin embargo, un día llegó David Copperfield, cubrió la estatua con una tela y la desintegró en menos tiempo del que empleó ese día para lavarse los dientes…


(Si quieres seguir leyendo, mira en la página 109 de Aventuras de 51 magos y un fakir de Cuenca, de Idígoras)

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