Nuestro sitio utiliza cookies.

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.


logotipo libros de magia

Noticias/actualidad

llave

Magos y curiosidades

caricatura San Juan Bosco (Saint John Bosco)
San Juan Bosco (Saint John Bosco) Todos los 31 de enero, los magos se reúnen alrededor de una mesa y brindan en honor de San Juan Bosco. Cuando se pusieron a buscar un patrón para sus quehaceres, los ilusionistas se encontraron con que uno de los santos más santos, no sólo había hecho milagros celestiales, si no que además había realizado milagros con truco, como ellos, y le encomendaron que cuidara de sus asuntos desde el santoral.
Giovanni, llamémosle Juan para entendernos, había nacido en una aldea italiana llamada Becchi en agosto de 1815.
Tenía dos años cuando falleció su padre y las pocas liras que llegaban a su casa las traía su señora madre después de duras jornadas de trabajo.
Juan, el benjamín de tres hermanos, tuvo que echar una mano a la triste economía familiar desde muy pequeño como campesino y como aprendiz de sastre.
Sin embargo, la idea de hacerse sacerdote no le abandonaba ni un minuto, desde que en un sueño se le apareciera Dios para aconsejarle: «No a golpes, sino con mansedumbre y caridad deberás ganar a tus adversarios. Hazles enseguida una platiquita sobre la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud».
Juan se lo tomó tan a pecho que constantemente sermoneaba a sus amiguitos al respecto, y fundó para facilitar la apostólica tarea la «Sociedad de la alegría», que reunía a los muchachos de su pueblo que se embelesaban ante el pío Juan.
Sólo una cosa le hacía distraerse de sus oraciones, y ésta era la magia. Cada vez que podía se acercaba a las ferias de los pueblos y se quedaba atontolinado ante los saltimbanquis y los magos que allí actuaban.
A fuerza de observar una y otra vez los juegos de los ilusionistas, Juan, que era el niño más inteligente de su escuela, logró encontrar los trucos de los juegos y pudo él mismo repetirlos en poco tiempo.
Se dio cuenta de que usando la magia y la acrobacia, que también había aprendido, podía reunir a su lado a mayor número de gente a los que ofrecer sus pláticas, de manera que las funciones artístico-religiosas de Juanito � se convirtieron en la sensación de la comarca.
La sombra de un gran peral en un prado se convertía en el escenario del santito. Una cuerda de funambulista atada a dos árboles, una silla, una pequeña mesa con un mantel, una alfombrilla para dar saltos mortales y una multitud de curiosos era cuanto necesitaba para comenzar a perorar sobre el buen cristiano y a rezar el rosario.
A los que se largaban entonces, les advertía que no les permitiría presenciar el espectáculo, si regresaban. Así se las gastaba. Finalizada la ceremonia, comenzaban los volatines y las piruetas, andaba con las manos, aparentaba tragarse monedas que luego aparecían en narices ajenas, resucitaba un pollo previamente descuartizado, convertía en vino el agua y caminaba despreocupado por la cuerda floja, saltando, bailando, sosteniéndose con un solo pie y, según su biógrafo que se dejaba llevar por el entusiasmo, sosteniéndose sin pies.
En una ocasión en que se celebraba una ceremonia en la iglesia, apareció por el pueblo un saltimbanqui ambulante.
Animados por el jolgorio que montaba, muchos niños salieron curiosos para ver qué era aquello. Juan Bosco se indignó tanto ante la deserción de los pequeños fieles que decidió darle su merecido al artista que la había provocado. Le desafió a un duelo de acrobacias, de forma que, si vencía el intruso, Juan le daría un escudo, pero si perdía, tendría que abandonar el pueblo.
La prueba consistía en ver cuál de los dos podía escalar más arriba un gran árbol. El saltimbanqui llegó hasta la rama más alta y creyó que estaba ganado el desafío, pero no contaba con la astucia del beatillo, que cuando igualó la altura del otro, se sostuvo en la rama con las manos, haciendo el pino, demostrando así que había pisado más arriba, de modo que se le dio por vencedor con encendidos vítores.
Los juegos de prestidigitación de Juan eran tan asombrosos que algunos vecinos creyeron que sólo teniendo un trato con el diablo podía conseguirlos. Los infernales rumores llegaron a las orejas del inspector de instrucción pública y canónigo de la Catedral, que llamó a Juan a su despacho.
Un poco asustado le preguntó si era verdad que podía adivinar los pensamientos y el dinero que llevaba la gente en el bolsillo. El muchacho dijo que necesitaba un poco de tiempo antes de responder y le preguntó la hora al instructor, que se dio cuenta de que no llevaba su reloj. Después le pidió Juan una moneda, pero tampoco halló el examinador su monedero. Nunca se vio canónigo tan sudoroso como aquél, que creía estar ante el alumno aventajado de Mefistófeles.
Ante el cariz de la situación, Juan Bosco, que no pecaba ni en sueños, cometió el peor de los pecados del ilusionista. Lo hizo para evitarle un infarto al canónigo y para que le permitiera seguir con sus juegos de manos; pero pecó: le contó a su «víctima» el truco y éste le absolvió.
Las biografías de San Juan Bosco no cuentan mucho más sobre su faceta de mago, tan sólo alguna referencia al equilibrio de tres sillas con que deleitaba a sus discípulos, ya adulto, y una frase para la historia de la magia: «Los ilusionistas llevan al diablo en sus manos y a Dios en el corazón».
Queden aquí, como aventuras tremendas, los numerosos atentados que sufrió debido a su fama como cura, en los que salvó la vida por los pelos. En uno de ellos, una bala le rasgó la manga de su sotana, en otro fueron sus alumnos los que acertaron a llegar, como el Séptimo de Caballería, justo a tiempo de librarle de dos envenenadores, en tres ocasiones más un perro gris callejero que le había tomado cariño le salvó de la muerte segura a manos de unos malechores de cuidado.
San Juan Bosco murió el 31 de Enero de 1888, justo en la fecha que había anunciado meses antes a sus amigos.
Esta adivinación no consta que tuviera truco.