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Magos y curiosidades

caricatura Maskelyne
Maskelyne A los aficionados a la astronomía les resultará familiar el nombre de este gran ilusionista. Así, Maskelyne, se llama un cráter de la luna descubierto por un antepasado suyo, y probablemente de ahí le viniera al protagonista del capítulo la afición por abandonar el suelo y elevarse por los aires como un cohete de la NASA.
Houdin ya había conseguido la apariencia de levitación, pero Maskelyne la mejoró notablemente al pasar un aro alrededor de la persona flotante, demostrando así que no se sujetaba por medio de ningún artilugio oculto. Por decirlo con la terminología lunática, este detalle era «un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad».
Tenía veintiséis años John Nevil Maskelyne cuando llegaron a Cheltenham –su ciudad natal– nuestros viejos conocidos los hermanos Davenport. Ocurría esto en 1865, cuando John Nevil ya era un experto relojero, como Houdin, y un humilde aficionado al ilusionismo, como su amigo Cooke, que le acompañó al teatro a presenciar qué pinta tenía el famoso fantasma de los Davenport.
Quiso la casualidad que la ventana de la sala estuviera mal cubierta y que un travieso rayo de sol se colara, apuntando directamente al armario donde los hermanos hacían sus trampas. Maskelyne se apercibió entonces de que, si allí dentro había algo fuera de lo normal, eso era la dureza de la cara de los espiritistas, y a voz en grito comenzó a recriminárselo, ante al asombro de la concurrencia.
Los Davenport le retaron a que probara su acusación o que callara para siempre. El caso es que pocos meses después, Maskelyne y Cooke pudieron repetir los experimentos de los Davenport, advirtiendo al público que todo se desarrollaba con magia, pero sin fantasmas. Además, ya de paso, idearon una estratagema que mejoraba las de sus retadores: Maskelyne era encerrado en una minúscula caja donde no le era posible mover ni los pelos del bigote. Cooke, además, ataba la caja y la depositaba dentro de un armario, con unas campanillas encima. Pocos segundos después de cerrarse la puerta, una música de campanillas escapaba desde el mueble, que se abría mostrando al ilusionista fuera de la caja. Aquello hizo que los Davenport bajaran a la tercera división de los teatros y que Maskelyne y Cooke se hicieran los dueños del cotarro mágico de Gran Bretaña.
Con el dinero ahorrado, la pareja pudo alquilar el «Egyptian Hall» de Londres, alias «el Hogar del misterio», el más mítico de los teatros dedicados al abracadabra.
Allí estuvieron haciendo de las suyas durante cuatro lustros, hasta que Cooke decidió descansar su mente de disparates y se retiró.
Es probable que, durante todo ese tiempo, unos cuantos acomodadores del teatro enloquecieran tras asistir día tras otro a la levitación de una dama, supuestamente la sacerdotisa Fernanda, que ascendía por los aires del escenario cuando oía las instrucciones del mago: «¡Te lo ordeno, Fernanda, levántate como lo hiciste hace mil años en el templo de Krishna!». Era entonces cuando Maskelyne pasaba un aro alrededor de la sacerdotisa y los asistentes murmuraban la palabra preferida de todo mago: «¡Imposible!».
El propio Maskelyne aprendió él mismo a volar por el teatro. Se daba unos paseos aéreos que le hubieran hecho suspirar de emoción a Leonardo Da Vinci. Maskelyne subía como el precio de la gasolina, llegaba hasta el techo y bajaba tan pancho.
Una de las ocurrencias más brillantes del ilusionista flotante fue la presentación de ilusiones en sketches dramáticos, donde los efectos mágicos se enlazaban en una obrita de teatro. La más famosa de ellas, fue la llamada «Willy, la bruja y el relojero», y era interpretada por la señora Maskelyne en el papel de la linda Dolly, Cooke encarnando al enamorado Will y a un gorila y Maskelyne, que representaba al carnicero, al relojero y a la bruja. Todos los personajes se encargaban de hacer justo aquello que nadie esperaba. Donde estaba el gorila aparecía el relojero, que se transformaba en Dolly, que a su vez viajaba invisiblemente donde la bruja convertía al carnicero en Will. Diecisiete años estuvieron representando este fabuloso enredo con la sala llena y mondada de risa.
El ayudante más fantástico de Maskelyne fue Psycho, un muñeco que ganó sin ayuda la mayoría de las cuatro mil partidas que jugó con los espectadores más osados. El autómata estaba situado sobre una columna transparente, y su tamaño era demasiado pequeño como para albergar dentro de él a un hombre, ni siquiera a un niño. La solución del misterioso Psycho no podía ser más ingeniosa: un experto jugador, situado bastante lejos del muñeco observaba la partida con unos prismáticos y daba las órdenes pertinentes a un compinche ubicado bajo el suelo. Este caballero, manejando un soplete, expulsaba aire a través de la columna de cristal que sujetaba al autómata, lo que hacía girar un complicado mecanismo que movía la mano de éste hacia la carta adecuada. Evidentemente, nadie sospechó nunca nada. Maskelyne ideó también una máquina de escribir, una caja registradora y ese gran hallazgo que es el retrete público que se abre con monedas.
Cuando no volaba ni inventaba, Maskelyne dedicaba todo su tiempo a desenmascarar farsantes, tal como hizo en sus inicios con los Davenport. El archidiácono Colley le ofreció mil libras si era capaz de repetir una experiencia presenciada por él, en la que un espíritu salía de las tripas de un médium. Maskelyne aceptó y algún tiempo después presentó en el escenario el nuevo efecto. El espíritu salió del cuerpo del mago, se dió un paseo y se largó. El archidiácono era architacaño y se negó a pagar su deuda, de manera que Maskelyne le llevó a los tribunales. A pesar de que la defensa de Colley no logró que acudiera ningún espíritu como testigo, ganó el caso gracias al argumento de que el espectro, si bien había salido del mago, no había vuelto a meterse en el cuerpo.
Al final de su carrera, Maskelyne se asoció con Davis Devant, que va a hacer magia dentro de unos capítulos, y con él estuvo imaginando vuelos hasta su muerte, a los ochenta y ocho años.