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Magos y curiosidades

caricatura Okito
Okito A comienzos del siglo XVIII, en algún pueblo holandés, un tal Jasper Bamberg se dedicaba a mezclar potingues dentro de un caldero en su taller de alquimia, en busca de un hechizo que consiguiera que los espíritus de los muertos le hicieran una visita.
Es el primero de la saga de los Bamberg, suponiendo que existiera, lo cual no ha quedado muy claro. El que seguro que existió fue Eliazar Bamberg, alias «el diablo cojo» que nació en Leyden, Holanda, en 1760. Lo de diablo le vino por los prodigios que conseguía presentar con su magia. Lo de cojo porque llevaba una pata de palo, que había ahuecado convenientemente para esconder en ella los objetos que escamoteaba y los que quería hacer aparecer. Murió en 1833 y tomó el relevo su hijo David Lerender Bamberg (1726-1769), que había debutado con nueve años ayudando a Eliazar. Ideó un sistema para extraer huevos de una bolsa vacía y otras cosas por el estilo, que le supusieron ser nombrado mago de la corte de Guillermo II de Holanda.
En 1812 llegó a la saga su primogénito Tobías Bamberg, también excelente ilusionista de palacio y padre de un único hijo, David Tobías Bamberg, más conocido como Papá Bamberg (1843-1914).
Este ilusionista fue el encargado de asombrar al rey Guillermo III, y a los habitantes de Sumatra, Java o Ceilán, por donde estuvo haciendo maravillas y travesuras, a las que era aficionado.
En una ocasión se trasladaba en tren desde Rotterdam a La Haya y en su mismo compartimento viajaban otros tres pasajeros, uno de ellos oficial de dragones. En un momento dado Papá Bamberg preguntó la hora a uno de los viajeros que, al echar mano al reloj, comprobó que lo había perdido. El otro acompañante no encontró su pañuelo, y el oficial de dragones se enojó como sólo un oficial de dragones puede hacerlo cuando echó a faltar su cartera.
Sospechando de Papá Bamberg, llamaron a la autoridad competente para que le registrara, pero el mago estaba limpio. Con gran bochorno para el oficial de dragones, los objetos robados aparecieron en sus botas de montar, sin que pudiera explicárselo ni él mismo.
Papá Bamberg había ensayado la suerte del pick-pocket, el robo aplicado a la magia.
Por fin, en 1875 apareció en el mundo Tobías Theodore Bamberg, hijo de David Tobías, con el que debutó en la corte holandesa cuando sólo tenía once años, con motivo del cumpleaños de la princesa Gullermina.
Tenía dieciocho años Tobías Theodore cuando le entró agua en una oído y perdió capacidad de audición. Por aquel entonces estaba de moda el que el ilusionista dialogara con el público y, no pudiendo entender Tobías Theodore lo que éste le decía, se le ocurrió la idea de transformarse en mago japonés que desconocía todo idioma que no fuera el propio.
Como un nipón no puede llamarse Tobías Theodore, bailando las letras de Tokio obtuvo «Okito», el nombre que adoptaba cuando se convertía en oriental. Así, sin decir ni pío, Okito fue triunfando en los teatros de media Europa.
En la revista «Magia Express» aparece una reseña de los juegos del espectáculo del joven Okito, a principios de siglo, que aquí copio:
1. Varita envuelta en papel, desaparece y reaparece en la pierna del mago.
2. Papel de seda transformado en confetti y en flores.
3. Pañuelos desaparecen y salen secos de un vaso lleno de vino.
4. Aparición de una gran vasija con patos y una con fuego de debajo de la mesa.
5. Se llena un cilindro de agua y muchos artículos se sacan de su interior.
Un jardín de flores se extrae de un gran cilindro de papel marrón.
6. Demostración de sombras chinescas.

Más tarde, nuestro viejo conocido Thurston se lo llevó consigo a América, donde conoció a David P. Abbot, quien le enseñó una ilusión que quedaría unida para siempre al nombre de Okito. Se trataba de una bola digna de los dibujos animados, que iba y venía flotando viva por el aire del escenario, obedeciendo las órdenes del ilusionista, igual que esa pelota con la que todos los niños han soñado, que pudiera guiarse con sus pensamientos para convertirles en estrellas de fútbol.
Hoy, ese truco es conocido como la bola de Okito, tal fue la pericia del holandés-nipón para domesticarla.
Además de la bola, en todas las tiendas del ramo mágico hay vasos Okito, cajas Okito, papel Okito y otros objetos Okito que salieron de su imaginativa sesera y que hubieran hecho las delicias de su tatarabuelo, el de la pata hueca.
Okito quiso retirarse en su Holanda natal, pero la guerra, que no respeta ni a los domadores de bolas encantadas, le obligó a trasladarse a Sudamérica y a Chicago, donde murió en 1963.
El árbol genealógico de los Bamberg, no obstante, todavía seguía en pie.
Si quiere el lector seguir bajo su sombra, que mire en la página siguente, que llega Fu-Manchú.